jueves, 3 de julio de 2014

BTR: 3- Adhara

Mi nombre es Adhara Balzac, aunque todos me llaman Dhara, y estudio Historia antigua en la universidad de Buttercup, en Francia. (¡Oh, que presentaión mas interesante!, bueno, no soy una genio de las letras como mi amigo Jack, así que no os queda otra que aguantarlo). Soy la capitana del equipo de boxeo femenino de la universidad, tego una guerra abierta contra las faldas y llevo el pelo corto por comodidad. Suelo juntarme mas con chicos que con chicas por el simple hecho de que no sé como comportarme con ellas.

No es que sea una marimacho, pero la moda y el maquillaje no son mi fuerte y no me gusta hablar con cualquiera de chicos ya que me siento bastante incómoda. Mi hermana Lora dice que es cuestión de acostumbrarse, pero creo que ella no entiede bien mi punto de vista. Es capitana del equipo de animadoras, popular, adicta a las compras y marca el estilo de la universidad. Pero no es la típica animadora idiota que reflejan las típicas pelis americanas de adolescentes. Mi hermana es guay. Es inteligente y sabe lo que quiere en la vida. Ojalá yo supiera lo que quiero en la vida...bueno, si que sé algo. Quiero la moto de Evan. ¡Mataría por ese cacharro!

Sobre mis amigos, me junto sobre todo con tres chicos. Jules Balzac es mi querido primo de madre japonesa. Es un año menos que yo, terriblemente adorable y un maldito superdotado de la música. Hasta yo puedo recordar siempre hemos estado juntos los tres, él, mi hermana gemela y yo, y a penas sí hemos discutido por algo relevante. El siguiente es Jack Specer, un friki de las letras con una memoria fotográfica alucinante, de mete aguda y por el cual mi hermana perdió la cabeza nada más conocerlo. Y por último esta Evan Lefebvre.

Evan es mi mejor amigo desde que nos conocimos al inicio de nuestra época en secundaria. Es un mundo a parte dentro de Buttercup. Siempre viste con chaquetas de cuero, incluso en verano, fuma, tiene una preciosa moto que un día de estos robaré, lleva algún que otro tatuaje y es un hacker informático de primera. ¡Ah, si! y también juega al futbol. Es atractivo y aparenta rudeza. Tiene ese aura de tipo malo y peligroso que hace que las chicas caigan como moscas a sus pies. Pero cuando lo conoces (si llegas a poder conocerlo de verdad) te das cuenta de que es un encanto de chico. Divertido, compasivo, dulce y auténtico a su modo, amante del cine y de la historia antigua. Y yo llevo años suspirando por él. ¡oh, vaya novedad! Ni se notaba, ¿Verdad?. Ok, paro ya con mi sarcasmo. Pero sé de sobra que jamás me mirará de esa manera. Para él solo soy como una hermana. Punto.

Pero  voy a dejar de hablar de todo eso porque no tiene nada que ver con lo que nos atañe ahora mismo. Como ya he dicho antes, mi hermana perdió la cabeza por Jack Spencer en cuanto lo conoció. Pues bien, él no la soporta. Quiero decir, antes se llevaban bien...y me consta que le gustaba un poco...pero ahora no puede ni verla sin soltarle alguna bordería. Y la culpa de esta t´ragica historia de amor (ok, ok, ya paro de decir idioteces...) la tiene la cotilla anónima del lugar, que no para de escribir gilipolleces en el periódico online de la universidad, como supuestas peleas o carreras de coches ilegales por parte de Evan (a él no le importó demasiado, multiplicó sus admiradoras y no había pruebas sólidas de ello) o que yo soy lesbiana (tardé todo un semestre en desmentirlo) o palabras hirientes hacia cierto tipo de chicos por parte de animadoras (Mi hermana jamás dijo ni diría nada semejante, pero nadie la cree)

¿Y ahora qué? os preguntaréis todos.... Fácil. Pensamos vengarnos.





BTR: 2- Elora


Me llamo Elora Balzac, pero todo el mundo me llama Lora (o, al menos, todo el mundo que tiene cierta confianza conmigo). Tengo 20 años y estudio Veterinaria en la universidad privada Buttercup, situada en medio del campo, a las afueras de París y soy la capitana del equipo de animadoras. Pero ni soy rubia, ni soy alta, ni tengo la cabeza hueca ni muchísimo menos voy metiendome con otra gente porque sí. Tampoco salgo con el capitán de futbol americano, por si os lo preguntábais. De hecho me parece un completo gilipollas. No te negaré que soy bastante popular, que miles de chicas me adoran y que tengo a un montón de tíos a mis pies, pero no me interesan. De hecho, solo me interesa un tío.

Jack Spencer no es popular, pero ni quiere ni necesita serlo. Es jodidamente inteligente, estudia Literatura universal y te puede recitar un montón de versos de libros y de poemas de memoria. Por desgracia, soy de las pocas personas que ven lo genial que es y muchos se burlan a sus espaldas. Está totalmente fuera de mi círculo social. Y lo peor es que me odia ¿La razón? unas falsas declaraciones mías criticando a los "no populares" y una entrevista falsa donde me ponían como una arpía aparecieron en la sección de sucesos de la revista online de Buttercup. hasta ese momento no me había molestado en estar informada de lo que aquella chica anónima escribía, pero ahora procuro consultarla por si las moscas. El caso es que no importó cuantas veces desmintiese aquello, nadie me creyó. Los jodidos estereotipos sobre las animadoras se cernieron sobre mi con una brutalidad imparable y yo no solo perdí su reciente amistad sino también la oportunidad de salir con él.

Gracias, zorra despiadada y anónima.

Por desgracia no soy la única que sufrió duros comentarios contra ella. Mi hermana gemela Adhara también ha tenido que soportar lo suyo. Adhara no se parece en nada a mi. Para empezar estudia historia antigua. Lleva el pelo corto y, por lo general, unas gafas negras que le dan un look inteligente y sofisticado, aunque ella las lleva por necesidad. Es la lider del club de boxeo femenino de Buttercup y solo se pone lentillas cuando practica o cuando se sube al ring. Yo adoro la moda, pero a ella le va bien con sus converse, sus vaqueros y sus camisetas simples. No es una marimacho, pero prefiere ir cómoda a sufrir las torturas de la moda, según sus propias palabras. No suele tratar con chicas. Sus amigos se reducen a nuestro primo Jules, un año menor que nosotras y un prodigio de la música, Evan Lefebvre, un chaval con pinta de tipo peligroso pero que es mas bueno que un trozo de pan y compañero de clase suyo que pese a tener a un monton de chicas tras él solo tiene ojos para mi hermana, y, por desgracia para mi, Jack Spencer.

Que Jack y mi hermana sean amigos al principio me venía de perlas, pero ahora que tengo que soportar sus ironías y cinismos hirientes es un auténtico calvario.

Como iba diciendo, mi hermana también ha sufrido las blasfemias del periódico de la universidad. La pobre se pasó el último semestre desmintiendo su homosexualidad solo porque esa idiota con complejo de Gossip Girl había asegurado que era Lesbiana. que critiquen a mi hermana no me gusta un pelo, por cierto, y menos aún que suelten mentiras por ahí. Así que, como comprenderéis, se la tenemos jurada a esa chica.

Y, si, queridos, pensamos vengarnos....






BTR: 1- Introducción

Siempre se han hablado de chica comun que se enamora de chico popular y chico popular que cae a sus pies pero.... ¿Y si la que se enamora es la animadora? ¿Y si nadie es quien dice ser? ¿y si nos saltamos los estereotipos y cambiamos los papeles? 
Elora y Adhara Balzac son gemelas y tienen 20 años. Sin embargo, no pueden ser mas distintas. Mientras que Elora es la capitana de animadoras, popular y amante de la moda, Adhara es capitana del equipo de boxeo femenino, tiene maneras algo rudas y es alguien con quién es mejor no meterse. Sin embargo, pese a sus diferencias, no casan con los estereotipos. 
Elora no es la típica animadora rubia a la que le gusta meterse con otros. Tampoco sale con el capitan del equipo de Futbol americano. Lleva dos años enamorada del mismo chico, alguien que está fuera de su ambiente y, para colmo, la odia. Adhara, por su parte, no suele pelearse fuera del ring, no es alguien a quien calificarías como marimacho y, pese a no tomárse demasiado en serio el tema del amor, lleva bastante tiempo colada por su mejor amigo. 
Pero esta historia no va de los amores y desamores de las dos hermanas. Va de un periódico universitario, su página de sucesos y una escritora anónima que necesita un escarmiento por sus mentiras. 

miércoles, 18 de junio de 2014

Lo llaman desamor

LO LLAMAN DESAMOR, LO LLAMAN SOLEDAD. 

El eco de sus pasos resuena con fuerza en las calles vacías, empapadas y grises, inundadas de recuerdos ahora carentes de sentido. 

Sin rumbo, camina sin rumbo, con el corazón herido, marchito, abandonado, perdido, ahogado, casi desamparado. 

Es como si le hubiesen clavado mil espinas en el corazón y se lo hubiesen arrancado, para luego quemarlo a lo bonzo. 

Ese nombre, su nombre, suena extraño, lejano, vacío, perdido por la ruta de la indiferencia. No le dio tiempo ha asimilarlo todo. Una tormenta ha caído sobre su alma, el frío ha matado la esperanza. 

Vuelve a llover sobre mojado. Rosas marchitas que esperan un destino. No le queda más remedio que seguir, pero todo se ha parado. Se heló el tiempo. 

 Un millón de lágrimas congeladas en los ojos, una niebla negra que envuelve su ser. Un dolor permanente y agudo, que no se va. Un tango hacia la desesperación, un taconeo angustioso mientras la negra venda de los ojos cae sinuosa, danzante, hacia el empapado suelo. 

 Por mucho que las palabras fueran amables y elegantes sigue doliendo igual. Existe, pero no vive. 

 Es curioso cómo en un instante unas palabras pueden darte la vida o hacerte caer en el más profundo de los abismos.

Esperanzas


Cerró el libro de golpe. Un mechón de cabello castaño claro rozó su mejilla. Otra historia que acababa bien, como tantas otras. Dejó el libro en el estante y concentró sus pensamientos en otra cosa..... el encargo recibido aquella mañana estaba ya colocado en sus respectivos lugares....                        
La joven suspiró y miró a su alrededor. La pequeña librería le parecía demasiado grande ahora. El teléfono interrumpió sus pensamientos.
-Librería papiros, ¿diga?- contestó monótonamente, al otro lado, una mujer preguntó por su padre-Lo siento, pero no se encuentra en este momento. Soy su hija, ¿quiere que le diga algo?
Anotó en un post-it los datos de la mujer y el libro que quería, se despidió cordialmente y colgó.
Otra llamada, la misma rutina.
-librería papiros, digame- una voz conocida....una amiga- Lo siento, pero no puedo salir.
¿no puedes o no quieres? evadió la pregunta.
-De verdad, tengo muchas cosas que hacer.......Mis padres me encargaron ocuparme este fin de semana de la librería y........
"Se por que haces esto. Te aislas por lo ocurrido." chasqueó la lengua mentalmente. Malditas mejores amigas.......
-Te equivocas, solo estoy ocupada.
"solo quieres aislarte" Y una parafernalia sobre que el rechazo no es el fin del mundo fue lo siguiente que escuchó. Y ella las creería...si no fuera porque todas las amigas que le daban esos discursitos estaban siempre muy bien acompañadas. colgó, dejándola con la palabra en la boca. No todos tienen siempre su cuento de hadas y ella no iba a seguir esperando a que algo similar a un romance apareciera en su vida de aburrida universitaria. Ya había sufrido suficiente.
Para ella cupido había muerto hacía ya tiempo. Eso era un juramento en toda regla.
La campanillas de la puerta repiquetearon obligandole ha alzar la vista. Al ver a uno de los clientes habituales le sonrió cortesmente, sin reparar en el joven que le acompañaba.
-Ah, encanto, tu padre debería atarte, ¡cada dia estas mas bonita!-
-Le agradezco su falta de honestidad..... ¿que estilo de libro le apetecería leer ahora?- sabía la metódica que guíaba al caballero.
Cada semana iba, pedía consejo sobre un genero en concreto y se llevaba el libro que la joven le recomendaba. Solo se dejaba guiar por el criterio de la veinteañera, ni por el de sus padres, ni por el de sus tíos.
-Oh!, no es para mi.....Es para él........siempre son para él.....De momento tus recomendaciones siempre han acertado y esta vez se ha decidido a acompañarme.- Señaló al joven que le seguía de cerca.
Lo que llamó la atención de la chica no fue su evidente atractivo. Tampoco le llamó la atención los ojos azules, tan claros que parecían aguados, ni esa cazadora de cuero. Lo que realmente le llamó la atención fue el modo de mirar los libros que tenía. Como si fueran tesoros recién sacados de una cueva. Como si fueran las joyas de la corona.
-Ey, muchacho! ven y preséntate- el aludido se giró y la miró directamente a los ojos. Le sonrió. Ella, algo azorada, le devolvió la sonrisa.- Es mi sobrino....
Su tío dijo algo sobre la carrera que estudiaba, pero la joven no prestó atención.
El chico escuchó atentamente mientras ella le explicaba diversos argumentos de algunos libros interesantes. A veces él la interrumpía para dar su opinión o puntualizar alguna cosa. A menudo su tío intervenía, ya que se perdía con mucha frecuencia en las explicaciones de la joven.
Se fueron con varios libros bajo el brazo y ella se quedó con el malestar de un juramento de nuevo roto. Media hora mas tarde reparó en un post-it que ella no había escrito, pues no era su letra. En él solo había anotado un número de móvil y un nombre. Sonrió para sí misma, mientras se dirigía a la trastienda con su movil en una mano y el post-it en la otra.

Lágrimas de sangre

De tanto fijarse su propia imagen había perdido todo significado. No lograba encontrarse en aquel reflejo, y mucho menos en el espejo resquebrajado por mil partes. 
No había sido queriendo, pero al intentar recuperar el equilibrio, tras un tonto tropiezo, lo había golpeado.
Empezó a tecoger los cristales del suelo, torpemente. Se cortó la palma de la mano, casi ni lo sintió. Cayó de rodillas con pesadez. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin tregua, en silencio, como una lluvia cálida plagada de melancolía. Esas viejas palabras que se habían clavado tan profundamente en ella resurgieron de su alma como la lava de un volcán en erupción. abriendo la herida que tan desesperadamente quería mantener cerrada. 
La sangre se mezcló con las lágrimas y las esperanzas muertas. Cada recuerdo se reflejó en cada uno de los pedazos del espejo. Cada "¿por qué?" no pronunciado, cada "Te quiero" sin respuesta aumentaron el llanto. Porque el amor había decidido no escucharla, dándole solo disculpas y rechazos mal elaborados. 
Se arrastró hasta el botiquín mientras apretaba una toalla contra el corte. El blanco se tiñó de rojo mientras buscaba desesperadamente algo con que curarse. Se lavó el corte, se puso algo de agua oxigenada y algodón e intentó vendarse sola la mano. Resultado: un fiasco. Como todo lo demás. Pero al menos se lo había curado sola. Recogió el desastre del cuarto de baño y fue directa a por su movil, con paso lento. Marcó un número de telefono pero no hubo respuesta. Lo intentó tres veces mas, con tres números distintos. El primero estaba apagado. El siguiente le colgó. A la tercera una voz femenina le cortó diciendo que estaba ocupada y no podía hablar.
Lanzó el movil sobre la cama con furia. Estaba cansada, muy cansada de todo Siempre el mismo cuento, la misma historia que nunca ocurre. Las mismas lágrimas de sangre.

La Caja de Música (Parte 3)

De repente, la puerta se abrió. La habitación estaba muy iluminada, a pesar de la hora que era. La luz de la luna llena bañaba el cuerpo de Elora, lleno de magulladuras e inerte en el centro de las estancia desamueblada. Dietrich corrió hacia ella con el corazón en un puño, pero se relajó al comprobar que tenía pulso y que respiraba. Intentó que reaccionase pero fue inútil. 

Un fuerte vendaval helado azotó la sala. El espectro fantasmagórico, tenebroso y amenazante de la mujer apareció frente a ellos. El chico cogió a la joven entre sus brazos para evitar que pudiera acercarse a ella. La mujer se deslizó hacia ellos, con odio permanente en la mirada. 

-¡Lárgate y déjanos en paz!-gritó Dietrich-¡Y nos iremos si así lo deseas! El fantasma rió fríamente, mas no se detuvo. 
 -¡no te acerques más!-el ser parecía ignorarlo.- ¡aléjate! ¡No toques a Elora! 

 Ante el nombre de la muchacha, el espectro retrocedió y la miró con curiosidad. Parecía sorprendida. 

-¿Elora…? - Era la primera vez que hablaba, pero Dietrich reconoció la voz. 

 -¿Sra. Balzac……?-la madre de la chica había fallecido en un accidente cuando ésta sólo tenía quince años. 

 La mujer miró al chico, perpleja. El pelo oscuro alborotado, los ojos verde jade bañados en lágrimas, la piel blanquecina más pálida de lo habitual…. 

 -Dietrich…-el murmullo del ser fue dulce, suave. Su aspecto cambió de improviso, entre una luz cegadora y dio paso al fantasma translúcido de Arienne Balzac. Era casi idéntica a su hija. De cabello castaño, con amplios bucles, de mirada amable y ojos aguamarina. De pequeña estatura, rasgos delicados y una sonrisa sincera en sus labios rosados. Volvió a mirar a la chica, que despertaba en ese instante. 

 Elora estaba confusa, no recordaba bien lo que había ocurrido minutos antes, en aquel cuarto. Miró a Dietrich, empapado en lágrimas incontrolables. Se incorporó y lo que vio la dejó pasmada. 

 -mamá…-la palabra se quebró nada mas salir de su boca. 

 -Elora….lo siento…perdóname….Solo quería que regresaras….-El fantasma se desvaneció en el aire, dejando tan solo la caja de música con forma de tiovivo en su lugar. A pesar de que parecía algo imposible, Elora hubiera jurado que estaba llorando. 

 -¡Mamá, espera!- pero ya era tarde. Había desaparecido. La muchacha cogió el tiovivo y lo abrazó con ternura. Una lágrima silenciosa le resbaló por la mejilla. 

 -será mejor que regresemos, Lora…-Dietrich se limpió con fuerza las lágrimas del rostro. 

Ella le sonrió y, sin decir nada mas, lo abrazó. Tras la sorpresa inicial, el chico le correspondió el gesto de cariño. Afuera una paleta de vistosos colores inundaba el cielo y los primeros rayos de sol golpearon sobre las montañas y bañaron el pueblo. Amanecía. 

 * * * *

 -¿Y qué piensas hacer con la casa de tus abuelos?-Dietrich estaba apoyado en la pared de la estación de tren, junto a Elora. 

 -rehabilitarla y utilizarla-contestó ella-Después de todo, solo falla la electricidad. ¿O eso también fue cosa de mi madre? 

 -No, eso es cosa de la instalación-ambos rieron-Bueno, supongo que nos veremos por Lyón…

 -¿Tú también vives allí?- 

 -¿Crees en serio que tengo suficiente dinero para ir y venir todos los días a la facultad de Derecho al precio que está la gasolina? 

 -Supongo que no…-la joven se encogió de hombros-¿aún no has terminado la carrera? 

 -No todos tenemos tu cerebro-contestó él, medio en broma 

 -Ya...bueno...Yo tampoco soy un genio… 

 -si que lo eres-insistió Dietrich, sonriendo para, a continuación, ponerse serio 

 -¿Ocurre algo?- preguntó elora al ver su expresión. 

 -Esto…Lora… ¿Crees que podríamos quedar en Lyón?- preguntó Dietrich a bocajarro- Para ir al cine….o a tomar algo…. 

 -Si, claro-Elora sintió cómo se le subían los colores- ¿Porqué no? 

El chico sonrió tímidamente y le entregó un paquete pequeño rectangular 

 -¿Y esto?- Elora estaba sorprendida 

 -Lo vi en el escaparate de la tienda de antigüedades del pueblo y pensé que te gustaría-admitió él-No lo abras hasta que estés en el tren. 

 -Gracias Dietrich- la joven le dio un abrazo y un beso en la comisura de los labios. 

 -Igualmente, Lora- contestó el aludido, viendo como la chica se alejaba.  

La muchacha se acomodó en un asiento junto a la ventanilla. Había muy poca gente en aquel tren, a penas diez personas. Tomó con cuidado el regalo del joven y lo desenvolvió con curiosidad, Era una cajita de madera, con aspecto de joyero, no muy grande y tallada a mano.
La abrió con cuidado, una agradable melodía comenzó a sonar. Elora sonrió de forma soñadora mientras contemplaba el paisaje y se dejaba embriagar por el sonido de aquella caja de música.

La Caja de Música (Parte 2)

El viento soplaba con fuerza aquel crepúsculo de finales de Julio. Las ramas de los árboles se doblaban como si fueran simples astillas, las hojas y los papeles se arremolinaban en el aire y en el suelo. Incluso las señales de tráfico y los paneles informativos parecían a punto de salir volando. El viejo tiovivo de latón no dejaba de sonar.

 -¿No puedes hacer que ese cacharro se pare?- se volvió a quejar el joven de ojos verdes, aparcando frente al antiguo caserón, todo de piedra y con un pórtico de madera y ladrillo.

-Lo siento, pero ya lo he intentado varias veces y es imposible- contestó la chica de ojos grises nacarados. 

La muchacha abrió la puerta, que emitió un chirrido de bisagras que resonó en toda la casa. Entraron cautelosamente y en silencio, roto por el eco de los zapatos de tacón de Elora. El lugar estaba lleno de polvo, las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas. El viento se deslizaba por las grietas y rendijas originando susurros fantasmales. Los muebles estaban cubiertos con sábanas amarillentas y deshilachadas y el espectro del tic-tac de un reloj se escuchaba en la lejanía, como si se encontrase en la última habitación del piso superior.

 -Esto está igual que siempre-dijo la muchacha, acercándose a uno de los muebles y quitándole la cubierta. Era un hermoso piano de madera de caoba-Aunque con algo mas de polvo…

 -No hay luz- Informó dietrich, tras pulsar varias veces un interruptor. Su acompañante asintió.

De pronto, un fortísimo ruido hizo que ambos se volvieran. La puerta se había cerrado de golpe, llevándose la poca luz que quedaba en el exterior. Se quedaron en la más absoluta oscuridad.

 -Menos mal que hemos traído linternas-dijo el chico, encendiendo la suya. Elora lo imitó-Voy a mirar en el sótano, haber si puedo dar con los conectores.

 La joven asintió y colocó la caja de música sobre el piano. Mientras recorría lentamente el salón comenzó a recordar fragmentos de su infancia. Todos los veranos los había pasado en St.Thomas, en aquella casa. Pero el año en que cumplió los quince ocurrió esa tragedia que la marcó de por vida y desde entonces se negó a volver a aquel lugar.

 Algo llamó su atención de repente. Era un antiguo baúl, situado en una esquina de la estancia. Al contrario que el resto de mobiliario no estaba cubierto con nada y, aun así, no tenía ni una mota de polvo. Se acercó lentamente, extrañada. Se inclinó sobre él y se dispuso a abrirlo. Entonces se quedó rígida, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Acababa de sentir una mano helada sobre su espalda. Se giró sobresaltada, con el corazón desbocado.

 -lo siento, no pretendía asustarte-dijo Dietrich-los plomos está fundidos, no tenemos más luz que la de las linternas.

 -Tienes las manos heladas,¿lo sabías?

 -¿en serio? ¿Cómo lo sabes si ni te he rozado?

 - No bromees con esto-la chica chasqueó la lengua-No eres convincente.

 -Te digo la verdad, Lora. Tengo las manos calientes- el chico le tocó la mejilla. Efectivamente, era un tacto cálido.

 -Entonces… ¿qué es lo que yo he sentido?

 -Quizás es que hay…-

 -¡No lo digas!

 -…Fantasmas-terminó el joven, con una mueca burlona, luego miró el baúl

 -no lo había visto en mi vida- dijo la joven, leyéndole el pensamiento e inclinándose nuevamente sobre él.

Lo abrió. Estaba repleto de cajas de música de todos los tipos y tamaños. De diferentes épocas, de distintos materiales.

 -Esto debe de ser una broma-dijo Dietrich-¿Es cosa tuya, Lora?

 -¿Quién es ahora el escéptico? –Inquirió la aludida-Por cierto…¿esto no está muy tranquilo?

 -Si…la caja de música ha dejado de sonar…-murmuró el joven. En ese instante unas notas melancólicas empezaron a brotar del piano. Las teclas estaban siendo pulsadas y la triste melodía inundaba el lugar, poniendo los pelos de punta a los dos amigos. Allí no había nadie más a parte de ellos.

 -Lora…El piano se ha encendido solo… ¿tiene función automática?

 -No seas idiota…..es demasiado viejo para eso….-  Sus voces estaban quebradas. No querían girarse. No querían mirar.

Un incómodo nudo se encargó de dificultar el paso de saliva por la garganta. La respiración de ambos se agitó. A Elora comenzaron a temblarle las piernas. Entonces las cajas de música se accionaron a la vez y salieron flotando del baúl. Se escuchó una risa macabra que fue adquiriendo gradualmente un tono infantil. Como una voz en off demasiado inquietante. Los dos jóvenes caminaron lentamente hacia la puerta, pegados el uno al otro y más blancos que la cal.

Súbitamente las cajas de música se lanzaron contra ellos, estrellándose algunas contra la pared y otras alcanzando a sus objetivos. Los chicos se tiraron al suelo a la vez. Dietrich gateó hasta resguardarse bajo una mesa. Elora subió las escaleras como bien pudo. El joven respiró hondo y tragó saliva. Eso no era exactamente lo que había pensado que ocurriría. Esperaba que Elora llevase la razón, que no hubiera fantasmas. Se lo restregaría por la cara y poco más, pero esto escapaba a sus conocimientos.
El chico notó un frío antinatural junto a él y se giró. Lo que vio lo dejó paralizado, sin poder moverse ni articular palabra. Con los ojos y la boca desencajados. No podía ni pensar. Delante de él, a gatas, estaba una mujer de piel del color del papel, casi translucida, ojeras muy pronunciadas y cabello largo, castaño claro y empapado. Le miraba con sus ojos enfurecidos, fijamente, sin pestañear. Sus labios se despegaron y emitió un chillido agudo de dolor.

Cuando Dietrich parpadeó, ella ya no estaba, pero seguía sin poder moverse del miedo. El grito de terror de su amiga le hizo reaccionar. Corrió torpemente escaleras arriba. Los gritos de la chica provenían de la cuarta puerta por la izquierda. El joven forcejeó desesperadamente con el pomo, pero estaba cerrada con llave. 

-¡No! ¡Aléjate de mi!-las palabras de ella le perforaban los oídos. - ¡Déjame!

 -¿¡Elora, estás bien!?- Era una pregunta estúpida-¡Abre la puerta!

 -¡No te me acerques! ¡Vete!- ella parecía no oírle

 -¡Lora, ábreme!- Dietrich golpeaba con fuerza repetidas veces la puerta cerrada mientras las frases desesperadas de la chica se le clavaban en la mente y el corazón como puñaladas traperas.

 A cada grito, a cada palabra, mayor era el dolor. Tenía las manos rojas y resentidas de tanto golpear la puerta. Y llegó al extremo de llorar lágrimas de rabia e impotencia, angustiado por no poder hacer nada por la chica.

La Caja de música (Parte 1)

Elora despertó ante la luz cegadora que entraba por la ventana de la habitación del hotel. Había dormido bien. Demasiado bien, la verdad. Esa había sido la primera vez en los últimos meses que no se había accionado la antigua caja de música en plena noche. Y es que, desde que la recibió, junto con la llave de la casa de sus abuelos, no había habido una sola madrugada en la que no hubiese sonado aquella melodía infantil, junto con el movimiento de las figuras. 

La caja de música ni siquiera era una caja, era un viejo tiovivo de latón con un mecanismo arcaico para hacerlo funcionar al darle cuerda. Pero Elora no le había dado cuerda y, pese a todo, la música sonaba y el tiovivo giraba. Un día, cansada de todo aquello, hizo las maletas y se fue a St.Thomas, un pueblecito cercano a Lyón, hogar de sus abuelos maternos. Pese a haber heredado la casa de éstos, la muchacha prefirió hospedarse en el rústico y pintoresco hotel, regentado por una amiga de su madre. 

Aquella mañana no hacía calor, pese a estar en pleno verano. La joven bajó a desayunar temprano, con un libro entre las manos. El olor a tostadas y café recién hecho inundaba el ambiente. Nada más entrar al comedor, las pocas personas que se encontraban allí la miraron con ojos curiosos. 

 -Veo que ya estás despierta -Dijo la dueña del hotel, acercándose-Puedes sentarte por aquí, junto a la ventana. 

 -Gracias, Sra. Marceau-contestó la joven, acomodándose en la silla.

 -Llámame Carol, querida. ¿Quieres tostadas o crêpes con el café con leche? 

 -Crêpes mejor, por favor 

 La mujer sonrió y se alejó. Poco después, tras desayunar, una voz la sacó de su lectura. Un joven más o menos de su edad se había sentado frente a ella. 

 -así que era cierto…Elora Balzac ha vuelto al pueblo-dijo estudiándola con sus profundos ojos verdes. Ella apartó el libro y lo miró con cara de pocos amigos, frunciendo el ceño- No me malinterpretes, pero eres el tema principal del día. 

 -Créeme, no era esa mi intención-contestó la aludida de manera cortante. 

 -Bueno…hace años que no vienes por aquí. Desde los quince según he oído. Es normal que sientan curiosidad por tu repentina visita. ¿Cuántos años han pasado, ocho?- 

 -Si - el siseo de la joven a penas fue eludible

 -Eres mas fría y cortante de lo que eran tus abuelos 

 -Y tu te estás entrometiendo demasiado… 

El joven se levantó, riendo 

 -Deberías dejar de leer libros que te sabes de memoria, hay más novelas a parte de 'Orgullo y Prejuicio' y no me refiero a 'Sentido y sensibilidad'- 

 -¿Y tú como sabes…- la pregunta de la chica fue ahogada por Carol. 

 -Dietrich, hazme el favor de llevarle este paquete al Sr. Florence- 

 -Si, madre-dijo el joven, alejándose Elora se quedó de piedra. Había estado hablando con su amigo de la infancia y no se había percatado. 

 * * * * 

-Vamos a ver si lo he entendido-Dietrich estaba sentado frente a Elora, en la terraza de un café-¿Has venido hasta aquí solamente porque el viejo tiovivo de tu abuelo se pone en marcha todas las noches a las cuatro de la mañana sin tocarlo siquiera? 

 -Exacto-Confirmó la chica. 

Había decidido contarle a Dietrich la razón de su regreso. Después de todo era su amigo y seguramente podría ayudarla, así que había quedado con él para desayunar. 

 -Bien…no se qué decirte… ¿No será que está roto?

 -Lo llevé a un anticuario y me dijo que estaba en óptimas condiciones 

 -¿y piensas que aquí encontrarás algo? 

 -No lo sé, pero creo que en la casa de mi abuelo hallaré una explicación lógica

 El moreno miró a la chica, con una sonrisa misteriosa. El viento removió el cabello castaño claro de la joven. 

 -¿Y si no hubiese explicación lógica? 

 -Imposible. Siempre la hay, Trich-contestó la joven 

 -Eres demasiado racional, Lora- 

 -Y tú demasiado fantasioso. Tienes veintidós años, deja de pensar en fantasmas

 -¿Te atreves a venir conmigo esta noche a esa casa?-retó Dietrich-¿O a caso tienes miedo de enfrentarte a tu pasado y a los fantasmas? 

 - De acuerdo, iremos. Y te demostraré que los fantasmas no existen

* * * *

 El silencio matinal reinaba en la habitación de Elora. En ese momento, una música infantil inundó el cuarto y un tiovivo comenzó a girar lentamente……

domingo, 18 de mayo de 2014

Carnaval Veneciano


Venecia. Año 2015. Carnaval.

La bella ciudad italiana de Venecia brillaba en júbilo y entusiasmo. Sus ciudadanos preparaban con afán el famoso y esperado carnaval, que a tantos visitantes atraía cada año.
La gente decoraba las calles y le daba los últimos retoques a los disfraces y máscaras. Cada disfraz único, cada máscara especial. Aquella noche era la gran inauguración y todo debía estar perfecto. No podían cometer ningún error o fallo.
En una de las estrechas calles venecianas, divididas por hermosos canales de agua por donde pasaban las típicas góndolas, había una tienda de máscaras y disfraces. Pequeña y casi escondida a la vista de los transeúntes, sus máscaras eran verdaderas obras de arte.
Era un negocio familiar. Un lugar recogido y agradable. Tanto las paredes como el techo de dentro eran de madera y estaban recubiertos de vitrinas y estantes abarrotados de máscaras y extraños trajes. Un mostrador con una caja registradora y una trastienda a su espalda completaban la escena. El lugar olía a polvo y a naftalina.

Dentro del local se encontraban cinco amigas eligiendo su máscara propia. No tendrían más de diecinueve o veinte años y reían y compartían opiniones sobre los distintos modelos. Aunque, para ellas, aquel festival era solo un día más de trabajo.

Ariadna, una joven de un metro cincuenta y ocho de altura, cabello largo y castaño claro, piel pálida y extraños y misteriosos ojos dorados miraba con detenimiento las exquisitas creaciones del dueño de la tienda. Eran verdaderamente hermosas, pero ninguna de ellas era lo que estaba buscando.

Kassandra, de un metro sesenta de altura, cabello largo, ondulado y rubio y penetrantes ojos color mar estaba indecisa entre dos máscaras, y discutía sobre ello con Dakota. Una chica que medía uno sesenta y siete, de piel blanca como la leche, cabello largo, lacio y negro como la noche y  una profunda mirada esmeralda.

Por el contrario, Kimberly ya tenía elegida la suya. 
Medía un metro setenta. Tenía el cabello a media melena y de color rojo fuego y los ojos negros. Y lucía un bonito bronceado casi siempre. 

Kate también había hecho su elección y en ese momento jugueteaba con los rizos de su cabello, de color cobrizo, miraba fijamente a sus amigas con sus pardos ojos y recargaba su metro sesenta y tres en la pared más cercana.

-¿Os habéis decidido ya?- Preguntó Kimberly a sus amigas, mientras observaba detenidamente su máscara. Era ancha, de color verde oscuro y con dibujos de hojas y vegetación.

-Yo sí, Kim. Son estas pesadas las que no se deciden.- Respondió Kate mientras le mostraba su elección. Una preciosa y alargada máscara de color grisáceo con marcas de espirales y líneas curvas.

-Eso dilo por ellas dos.- añadió ofendida Dakota- Yo ya tengo la mía.

La chica cogió rápidamente una mascara de tonalidades rojizas y anaranjadas y con grabados de chispas y ascuas.

-Muy bien. Entonces yo me quedo con esta- Sentenció Kassandra, escogiendo una hermosa mascara color azul, con marcas blancas simulando la espuma del mar y olas grabadas en los bordes.

-Venga, Aria. Que eres la última- La apremió Kimberly.-Decídete ya.

La chica estuvo pensando un poco, hasta que cogió una máscara completamente negra, con grabados de lunas y purpurina plateada decorándola.

-Me quedaré con esta.....-dijo casi de inmediato.

-¡Pero, Ariadna....Se supone que vamos a ir de elementos naturales!- Protestó Kassandra.

-Hacedme un favor y contad cuales son los elementos. Agua, fuego, tierra y aire.- aclaró ella- Ya estáis las cuatro. Por lo tanto yo iré de otra cosa.-

Las chicas resoplaron. Nunca conseguían ir todas de un mismo tema. Pues, cuando no era una, era la otra.

Tras pagar las máscaras se dirigieron al lugar donde se alojaban lo más rápido que pudieron. Pues tenían que terminar sus disfraces para aquella noche.

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El carnaval estaba en todo su esplendor. Música, jolgorio, diversión y la tradicional costumbre de no ser reconocido por nadie. 
Un grupo de cinco chicas caminaba lentamente entre la gente. Cuatro de ellas representaban a los cuatro elementos naturales; agua, fuego, aire y tierra. Pero la quinta amiga iba disfrazada de forma distinta. Llevaba una larga túnica negra en su totalidad  y una máscara del mismo color, decorada con purpurina plateada. Sus amigas no parecían muy contentas de su elección.

- Ariadna…. podrías haberte currado un poco mas el disfraz, ¿no crees?- resopló Dakota- Así parece que vas de la parca, en lugar de ir de noche.-

-¡Eso nunca!-Exclamó la joven con fingida ofensa- ¡Ella tiene mas estilo que yo!-

Las chicas rieron ante las palabras de su amiga. Sabían que tenía toda la razón.

En ese momento, se estrellaron contra cinco chicos que no miraban bien por donde caminaban. Cuatro de ellos iban representando a las estaciones del año. El quinto iba de dorado, representando al día.
Los rostros de las chicas se ensombrecieron al reconocer ese estilo. No les agradaban en absoluto las personas que se encontraban bajo los disfraces. Y, al parecer, los chicos reaccionaron de igual forma. Sus miradas llenas de rencor y amargura se cruzaron y chispas de tormenta cruzaron el ambiente, que se había vuelto terriblemente tenso para todos.
El joven disfrazado de día sonrió sarcásticamente y clavó sus ojos azul oscuro en Ariadna. Esta le sostuvo una mirada gélida y llena de odio.

-Vaya, vaya……vosotras por aquí……vaya sorpresa……-dijo con voz fingida.

-Si. ¿Otra vez venís a fastidiarnos el trabajo, Hayden?- Preguntó secamente Ariadna.

-De eso nada-Dijo el joven que iba disfrazado de  invierno-

-si, claro……-respondió  Kate - no somos tontas, Garret.-

-Solo venimos a trabajar- añadió el que iba de verano.

-Vuestro trabajo es nuestro fracaso, Bill.- apuntó Kassandra, de manera fría.

-¿en serio?-Preguntó el representante de la primavera- ¿es eso cierto, Kimmy?

-No te hagas el despistado, Nathan- dijo Kimberly- y no vuelvas a llamarme así.

-Mirad, chicas…..Solo cumplimos órdenes. No es nada personal- aclaró  el chico que iba de otoño.

-Nosotras también, David- sentenció Dakota - así que no os entrometáis.

Los chicos rieron socarronamente y se marcharon del lugar tan misteriosamente como habían llegado.

-¿Creéis que debemos informar a La Dama de esto?- preguntó Kassandra

-No lo sé, Kassie……-contestó Ariadna -no creo que le haga mucha gracia saber que el tiparraco ese del arco y las flechas ha vuelto a mandar a sus Querubines a hacer su trabajito……y a estropear el nuestro.-

-Puede que le guste el reto-sugirió Kate-

-¿es una broma, Kate?- se alarmó Kimberly

-Quizás Kate tenga razón, Kim.- dijo Dakota- ¿recordáis lo que sucedió en el Romanticismo?

-¡Como olvidarlo!- exclamó Ariadna - Vaya época más mala que pasamos. Mientras que el de las flechitas y La Dama competían y jugaban con los sentimientos de los mortales esos malditos Querubines y nosotras no tuvimos tiempo libre, a penas. ¡Amor y muerte fusionados! Menos mal que eso ya pasó……-

-Pues vamos a decírselo- sentenció Kassandra-Es lo mejor para todos.

-Vale. De todas formas ellos ya habrán informado a su jefe.- apoyó  Kate.

-Eso seguro. Imaginad que dirán de nosotras esos cinco...-Dijo Kimberly.

-Pues lo de siempre……-suspiró Ariadna - Lo más probable es que le digan a Cupido que La Muerte ha vuelto a enviar a sus Moiras para chafarles el trabajo. Y yo me pregunto cuando acabarán estas tontas competencias-

-Jamás, Aria- dijo Dakota- Si se acabaran se terminaría la existencia en este mundo, ¿no es verdad?-

Las jóvenes asintieron mientras hermosas alas de plumas negras emergían de sus espaldas y desaparecían entre una extraña nube gris…………

Zapatos de Cristal en polvo

Zapatos de Cristal en polvo
Aquella idílica historia de amor acabó cuando los zapatos de tacón salieron volando por los aires y rebotaron, quedando reducidos a polvo de cristal al impactar estruendosamente contra el suelo.
Y así fue como cenicienta huyó en la moto de un heavy encuerado mientras que el príncipe azul era ingresado en la UVI con una conmoción cerebral. 
Definitivamente los cuentos de hadas nunca fueron como nos los contaron.....

jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo V


Capítulo V: Erina

Erina entró de golpe en casa, rezando para que Aradia no hubiese salido a dar uno de sus esporádicos paseos. Por suerte, encontró a la joven leyendo un libro en su habitación. Ésta levantó la cabeza y la miró extrañada, al verla tan agitada.
— ¿Ocurre algo? — Le preguntó — ¿Qué haces aquí tan pronto?
— No hay tiempo para explicaciones — Replicó la mujer, mientras sacaba una mochila del armario — Tienes que irte de aquí. Ya.
Erina entendía perfectamente la cara de desconcierto de Aradia, pero no podía pararse a explicarle la situación. Comenzó a meter algo de ropa de la chica en la mochila, algunos amuletos y una bolsa de piedras preciosas y semipreciosas conjuradas mientras sentía la mirada perpleja de su protegida sobre ella y se aseguró de esconder un fajo de billetes en el forro de la mochila antes de cerrarla.
— Tía Erina…Me estas asustando…. — Aradia se había levantado, acercándose a ella lentamente.
— Haces bien en asustarte. No es un asunto que deba de tomarse a la ligera — Replicó la aludida — Ponte los zapatos. Rápido.
La chica obedeció, poniéndose las deportivas y cogiendo una chaqueta, antes de salir de la habitación tras Erina. La mujer caminó  hasta la entrada de la casa y puso las llaves del coche en la mano de Aradia. Ésta la miró sin comprender lo que ocurría.
— Coge el coche y márchate. No pares en varias horas. Hay cosas que debes saber pero no hay tiempo…. — A continuación le entregó el manuscrito con brusquedad, junto con algo más de dinero — Todo lo que tienes que saber está ahí dentro… léelo cuando estés segura.
— ¿Y a dónde voy? — Preguntó ella, metiendo el libro en la mochila y colgándosela al hombro.
— A Barcelona. Yo me reuniré contigo en cuanto pueda. — contestó la mujer, abrazándola — Cuídate y ten mucho cuidado. No confíes en nadie, ¿vale?
La chica asintió nerviosamente, mientras salían de la casa.
— Y una cosa más, Aradia…. — dijo, antes de que ésta se metiera en el coche —- Si coincides de alguna manera con Kai… (Si, el cantante, no me mires así) intenta hablar con él y guárdale las espaldas. Como ya te he dicho está todo en ese libro, así que pronto lo entenderás...
Tras una breve despedida, Aradia arrancó el coche y se marchó. Erina volvió a entrar en la casa, abatida. Sacó el movil y marcó un número con rapidez. Al tercer tono alguien al otro lado descolgó. Ni siquiera permitió que saludase.
— Ashar, soy Erina. Tenemos un problema y de los gordos. El día que todos temíamos ha llegado — La mujer hablaba a una velocidad considerable y muy nerviosa. — Es posible que el palacio de diamante haya caído porque han venido a por ellos y a por el manuscrito. He logrado poner a Aradia a salvo haciendo que se marchase de aquí en coche e incluyéndole amuletos de ocultamiento y protección entre la ropa, pero no sé cuanto tiempo harán efecto. 
Al otro lado de la linea una voz masculina hablaba con solemnidad. Se le notaba inquieto. Por mucho que intentase ocultar su nerviosismo Erina sabía que lo estaba.
— No puedo decirte a donde la he mandado, Ashar. Podrían escucharnos. — Replicó la mujer —  Solo ocúpate de que el muchacho salga de aquí sano y salvo. Y cuando descubra quién fue el genio que le sugirió éste lugar a su madre para sus vacaciones me ocuparé de que pague por su enorme metedura de pata. 
Algo la alertó de repente, como un perro escuchando un ultrasonido, inaudible para los humanos. Colgó el móvil y se dirigió con paso decidido hacia la enorme biblioteca, al tiempo que oía como alguien abría la puerta de la entrada con gran estruendo. Echó a correr entre las estanterías, mirando de vez en cuando hacia atrás, con pavor. El rasgueo de una capa cortando el viento sonaba tras ella. Paró de correr y tomó aire. Había llegado el momento de actuar. 
Una de las estanterías cayó con un fuerte estruendo. El encapuchado hizo un movimiento circular, formando una bola de energía y lanzándosela a Erina con fuerza, quien la desvió facilmente con un simple giro de muñeca y arremetió haciendo que varios libros saliesen disparados contra el intruso. Ni siquiera le rozaron y si se acercaban lo más minimo a él un campo de energía los repelía con evidente facilidad. Erina masculló algo por lo bajo y chasqueó los dedos. Varias esferas de lúz aparecieron, chocando brutalmente contra el enemigo, quién le lanzó un rayo negro que le rozó el hombro a la mujer, rasgándole la blusa y haciéndole un corte en la piel. 
— ¿Crees realmente que podrás protegerlos a todos? — La voz del desconocido era cavernosa, áspera y llena de maldad — Tus poderes han disminuído. Ellos no saben quienes son ni que hacer con sus dones...Acabarán muertos y lo sabes. Nada se interpondrá en el camino del Lord.
— ¡Deja de decir chorradas! — gritó la mujer, molesta, mientras lograba lanzarle al tipo una estantería entera. 
El ser se deshizo en humo antes de que la estantería lo aplastara conta la pared y Erina tardó menos de un segundo en echar a correr hacia su cuarto. Vendrían más. Muchos más. Lo mejor sería salir de aquel pueblo lo antes posible, en dirección opuesta a la muchacha. Lo mejor sería huir a Madrid.

Capítulo IV


Capítulo IV: Erina
Erina miró al joven de rasgos asiáticos salir de la tienda con gesto contrariado y suspiró profundamente. Sabía perfectamente quién era. Por mucho que lo intentase era imposible engañarla, aunque había que reconocer que se había esforzado bastante, fingiendo un mal entendimiento del español y hablando en inglés. Pero la verdad había terminado por salir a la luz tan solo con sus actos (Especialmente cuando incluyó varias novelas en español entre sus compras algo que le había delatado del todo).  Había cambiado tanto en aquellos años... Era el vivo reflejo de Caleb, sin duda. Y el poder que irradiaba era tal que nada más poner un pie allí, Erina no pudo más que observarle, cegada por el reflejo de su don.
No fue difícil lograr que se le cayese la billetera, un simple conjuro de movimiento había bastado para sacarla de su bolsillo y transportarla hasta aquel pasillo sin que se diese cuenta. Necesitaba comprobar si todo estaba bien, solo para tranquilizarse. Por desgracia nada había salido como había planeado. Él había visto el libro, por supuesto. El manuscrito era demasiado llamativo como para que cualquiera pudiera pasarlo por alto. Por desgracia para ella y sus esperanzas, el libro había reaccionado y el amuleto también. Había sido casi automático, como si ambos estuvieran esperando aquel momento durante siglos. Y no había sido el único amuleto en reaccionar.
Días antes el de Aradia había brillado con tal intensidad que tuvo que obligarla a olvidar lo ocurrido. Aquello no era bueno, nada bueno. ¿Los tres, más los amuletos de Namrdys y el manuscrito de Ashrak activados, en el mismo pueblecito? Eso solo podía ser sinónimo de problemas. De graves problemas.
Volvió a suspirar mientras se dejaba caer en el taburete de detrás del mostrador y se cubría la cara con las manos. Habían pasado diecisiete años desde la revolución y catorce desde la muerte de los que habrían podido detener la catástrofe, pero jamás, ni en sus peores pesadillas, hubiese imaginado que la tranquilidad duraría tan poco. Durante aquellos años, Erina se había dedicado en cuerpo y alma a cuidar y proteger a la hija de sus amigos. La pequeña, sin culpa alguna de nada de lo que había ocurrido, se había quedado sola en el mundo y con una identidad y unos recuerdos bloqueados para evitar que otros acontecimientos como ese se repitieran. Pero, al parecer, de nada había servido la dedicación y protección de la mujer. Al final el destino había sido más fuerte que ella. Erina solo había sido capaz de retrasar la tormenta, pero esta parecía estar cobrando cada vez más fuerza en los últimos meses.
Se levantó con pesadez del asiento, barajando las posibilidades que tenían, mientras cerraba la tienda. Había llegado la hora de contarle la verdad sobre su origen a Aradia. ¿Se asustaría? ¿La odiaría? ¿La creería siquiera? Por su seguridad, eso esperaba. Después de todo, el tiempo que gastase en convencerla podría significar la diferencia entre salvar la vida o la muerte más espantosa jamás imaginada. Y Estaba en juego demasiado como para permitir que le ocurriese algo malo a cualquiera de esos dos chicos.
Un ruido sordo la despertó de su ensimismamiento. Erina, alarmada, corrió como alma que lleva el diablo hacia el manuscrito. Las estanterías comenzaron a caer casi a su paso y los libros salían volando con violencia, golpeando secamente contra las paredes. Sacó el códice de la vitrina lo más rápido que pudo pero, al girarse, una sombrea de humo negra y gris se alzó ante ella. Corrió hacia un lado y se encerró en la trastienda del local.
Rebuscó en sus bolsillos, torpemente y agitada, sin soltar el libro y temblando como una hoja de puro nervio y pavor.
La sombra rondaba la puerta.
Sacó un medallón antiguo, ovalado y dorado, con ribetes en los bordes y un gran rubí en el centro, rojo brillante. Lo apretó con fuerza contra el pecho.
La sombra de humo empezó a colarse por la rendija de abajo.
Murmuró unas palabras, apretando los dientes y rogando al cielo que aquello funcionase. 
Justo cuando la sombra terminó de colarse en la habitación, la mujer desapareció entre una espesa niebla azul.  Se había salvado por los pelos.
No por nada Erina Westlet era la líder de los Protectores. Brujos con poderes especiales destinados a cuidar y proteger a las distintas casas reales de Gaia. Una eminencia en su mundo, famosa, amada y odiada a partes iguales, destinada a grandes cosas y protectora absoluta de las más importantes familias de los cuatro reinos. Pero una simple librera en la Tierra. Una mujer con una chiquilla a su cargo. Alguien que no llamaba demasiado la atención.No parecía que el destino de aquellos dos mundos estuviera en sus manos y en que realizase  bien su trabajo. Cuanto engañaban las apariencias…

Capítulo III


Capítulo III: Kai

Mi nombre es Kei Montenegro (aunque mi manager decidió por su cuenta que Key quedaba mejor) y no soy un chico normal. Para empezar mi aspecto llama soberanamente la atención. No solo por la ropa, los pendientes, los anillos o el hecho de llevar lentillas de colores llamativos. Eso es lo de menos. Lo que más resalta en mí son mis rasgos asiáticos y mi perfecto castellano a la hora de hablar. Eso se debe, principalmente, a un padre hijo de español y china y una madre japonesa y al haber nacido en España. Así que es imposible no fijarse en mí cuando voy por la calle. Por eso y porque soy famoso. Soy cantante desde los diecisiete años y modelo de revistas y anuncios desde los quince. Al principio mi madre no lo veía con muy buenos ojos, pero acabó por aceptarlo. Cosas de madres, supongo.
Aunque cuando digo que no soy un chico normal no me refiero solo a eso. Desde que tengo memoria mis ojos han sido raros, de un azul tan claro que parece blanco. Pero eso no es lo único extraño de mis ojos. Según mi estado de humor el color puede llegar a variar. Por ejemplo, cuando me enfado de verdad adquieren un intenso color rojo sangre. Eso siempre me ha asustado. ¿Qué clase de ser humano tiene esa habilidad? Por eso oculto mis ojos tras lentillas de colores extraños. Así, si alguna vez alguien me pillara sin ellas, pensaría que es otra de mis excentricidades. Mi madre me enseñó a convivir con ello y no darle muchas vueltas, aunque sigo temiendo que alguien descubra mi secreto. Porque sé que sería peligroso. Muy peligroso. Y también sé que tiene relación con esas malditas pesadillas.
Desde que tengo uso de razón, más o menos, desde los doce años, tengo unos extraños sueños sobre una guerra mágica. Yo estoy en ella. Sé que me quieren matar. Hay sangre, dolor, sufrimiento, hay personas que se ahogan en sed de poder. Es angustioso y horrible. Al principio los sueños solo me acechaban de vez en cuando, pero en el último año o año y medio se han vuelto más constantes. Siento que me van a volver loco. Lo único que me salva es poder ver en ellos esos preciosos ojos aguamarina. Esa niña pequeña llora y grita mi nombre mientras intenta huir de unas sombras que la asfixian. Y he visto esos ojos antes. En el mundo real. Varias veces.
Su nombre es Aradia y es una cría a la que ayudé hace años en el parque del Retiro de Madrid cuando la encontré perdida y al borde del llanto. Pasé años sin poder olvidar sus ojos, preguntándome que habría sido de ella, y me sorprendí enormemente cuando descubrí que era una de las fundadoras de mi club de fans.
Pero cuando la volví a ver en una de mis firmas de discos apenas quedaba nada de aquella niña. Tenía un aspecto rebelde, fuerte y decidido, con el pelo color rojo sangre, largo y los ojos brillando de entusiasmo e ilusión. Y lo peor, notaba un aura oculta de sufrimiento. Un aura que me producía escalofríos. Me vi obligado a fingir que no la recordaba. Era necesario para no armar ningún escándalo y menos entre el resto de mis fans. Quizás debería haberle ofrecido alguna muestra de complicidad, pero temía una revolución.
Antes dije que solo conservo recuerdos a partir de los doce años. Eso se debe a un accidente de tráfico que sufrí a esa edad, en el cual murió mi padre. Su muerte marcó mi vida y la de mi madre de forma radical (Desde entonces siempre la envuelve un aura de tristeza y melancolía). De él a penas recuerdo su voz y, de no ser por algunas fotos, tampoco recordaría su aspecto. Hace algunos años, mi madre me había regalado un colgante que había pertenecido a mi padre. Una curiosa piedra multicolor y traslúcida rodeada por una especie de marco de plata tallado a mano. Ella insistía en que era valiosa, pero yo siempre pensé que no era más que una piedra semipreciosa con más valor sentimental que otra cosa. Aun así, nunca me quitaba el colgante.
Mi historia era tan compleja a mis escasos 26 años y me sentía tan saturado que decidí huir. Mientras el mundo entero pensaba que me encontraba en unas vacaciones de ensueño en una isla paradisíaca, yo me escapé a un pequeño pueblo costero entre Alicante y Murcia, decidido a pasar desapercibido como un turista más y poner en orden mi cabeza. La idea, por supuesto, fue de mi madre. Dijo que me veía cansado, sin fuerzas, ojeroso y que me vendría bien un tiempo aislado y lejos de los focos para recuperarme. Como siempre, no le faltaba razón.
Me instalé en el pequeño y modesto hotel del pueblo, haciéndome pasar por uno de los múltiples turistas que se dejaban ver por allí en la temporada estival, fingiendo no saber a penas español y mezclando palabras con un inglés un tanto extraño. Procuré vestirme de forma que no llamase la atención, me quité los pendientes, me peiné de una forma bastante poco favorecedora y decidí no separarme de las gafas de sol y de un gorro estilo panamá. Me sentía un poco idiota haciendo todo aquello, pero era la única manera de pasar desapercibido.  
 El problema que tenía aquel lugar era su excesiva tranquilidad. A parte de algunos bares extranjeros, un par de restaurantes y varias cafeterías y heladerías, no había nada más. Tras cinco días allí se me habían agotado las ideas sobre lo que hacer, así que decidí vagar sin rumbo por las callejuelas más escondidas, a ver lo que encontraba. En uno de esos paseos di con un sitio curioso. Una pequeña librería de aspecto antiguo, pero que parecía tener literatura moderna. Entré, con la clara intención de comprar un par de libros con los que entretenerme. Hacía bastante que no tenía el suficiente tiempo libre como para leer con tranquilidad.
Me sorprendió descubrir que era más grande de lo que parecía por fuera (¿o debería decir más profunda?), con un estilo de decoración clásico, pero cuidado y una pequeña zona con un sofá y varios sillones que seguramente sería usada para pequeñas reuniones o como rincón de lectura. Aunque lo más llamativo de todo era, sin duda, la zona de la cafetería. Una barra, un par de máquinas de café una batidora… En ese momento parecía en desuso, pero un cartel anunciaba el horario de apertura diario. Tras saludar a la dependienta, una mujer de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos años, atractiva, alta y delgada, de melena rizada y de un color negro intenso, rasgos faciales afilados y ojos de color gris oscuro que bien podría haber sido modelo, me puse a vagar por las estanterías, buscando algo que captase mi atención. Finalmente, tras un buen rato curioseando, me dirigí al mostrador con varios libros entre las manos.
—Ciencia Ficción, misterio, novela negra, novela fantástica…. — comentó la dependienta al verlos, en un perfecto inglés — veo que no tiene gustos concretos… Eso está bien.
—suelo leer de todo — Respondí, sonriente, en el mismo idioma.
—Si le interesa, en nuestra página web podrá encontrar un catálogo de todos los libros que tenemos — dijo, entregándome una tarjeta de visita. En ella se podía leer el nombre de la tienda ( “+”, ¿Qué clase de nombre es ese para una librería?)
Entonces ocurrió. Fui a sacar la cartera para pagar, cuando me di cuenta de que no estaba donde se suponía que debía de estar: En el bolsillo de mi pantalón. Me puse lívido. Estaba seguro de haberla cogido al salir del hotel.
— ¿ocurre algo?
—No…no encuentro la cartera….
— ¡Oh, Vaya! — La dependienta parecía tan nerviosa como yo — Dese una vuelta por la tienda, lo mismo se le ha caído por alguno de los pasillos….
Acepté su sugerencia y volví a recorrer la librería, buscando mi cartera con desesperación. Por suerte, al doblar una esquina, la visualicé tirada en el suelo. La recogí con alivio y me dispuse a volver al mostrador, pero algo captó mi atención.
Dentro de una vitrina de cristal, sobre un atril, había un libro antiguo. Y, o estaba loco, o acababa de ver como la portada brillaba. Me acerqué con cautela y lo observé detenidamente. Nada. No ocurría nada. Negué con la cabeza, convencido de que había sido solo mi imaginación. Estaba a punto de girarme cuando volví a ver el tenue brillo. Pero esta vez no fue solo el libro lo que brilló, mi colgante también lo hizo. Alargué la mano, dispuesto a abrir la vitrina para verlo más de cerca, pero una voz me lo impidió.
—Le ruego que no toque ese manuscrito, por favor. — detrás de mí se encontraba la dependienta, con las manos cruzadas y expresión ceñuda. — Es muy delicado y valioso.
—Disculpe. — murmuré, caminando hacia la salida y dedicándole una sonrisa nerviosa— Encontré la cartera
—En ese caso, vamos a cobrarle — dijo ella, sonriendo también.
Poco después me marché de allí, pero aquel libro no se me iba de la cabeza. De hecho no se me fue de la cabeza en mucho tiempo.