martes, 4 de febrero de 2014

Capitulo III

CAPITULO III

La joven asesina, oculta tras unas gafas de sol y una larga peluca negra miró a la mujer pelirroja de intensos ojos grises que estaba sentada ante el escritorio.
          — Úrsula…—musitó sin ninguna expresión en su joven rostro —Me sorprende verte aquí. ¿Qué ha sido de Alicia?
          — Tiene un trabajito muy suculento entre manos  — dijo la aludida — Y me ha tocado a mí sustituirla, como ya ves.
Sonrió mostrando una hilera de blancos dientes. Por supuesto ‘Úrsula’ no era su nombre real, era un apodo que le habían puesto sus compañeros porque la mujer engañaba a sus víctimas y hacía que le obedeciesen en todo, engatusándolas con palabras atractivas y con su voz seductora para, mas tarde, reclamarles altas cantidades de dinero y acabando con ellas sin piedad, gracias a sus frases con dobles sentido y a su nueve milímetros. De igual forma que actuaba la villana de dibujos.
—   Bien…Dime que es lo que tengo que hacer
          — Tan directa como siempre, Ice  — Volvió a sonreír — Eso me gusta. Se trata del caradura de Walter McDowell
          — ¿El amiguito de Sergio Di Stella? —la mujer alzó una ceja — creí que era uno de los grandes de la mafia por esta zona.
          —Sus colegas no están muy felices con él…..Al parecer se está gastando todo el dinero común en caprichitos caros.
Le pasó una carpeta marrón que Crystal tomó y miró por encima.
          — Drogas, alcohol…Afición a visitar lugares de sórdida reputación, adicción al juego, a las apuestas y a ‘jugar’ con mujeres de vida fácil con látigos y esposas incluidos…—leyó la asesina —Pero, en general, esto es muy típico entre ellos.
          — Bueno, un encargo es un encargo, Ice. — contestó Úrsula, entrelazando las manos sobre el escritorio — Y pidieron expresamente reunirse contigo en el hipódromo, así que ya estas tardando en cambiarte y  encaminarte hacia allí.
          — Por suerte no dejé mi pistola de repuesto en casa— musitó mirándose de reojo el tobillo derecho y dirigiéndose hacia la puerta.
—   Sé discreta, Ice
          — Discreción es mi segundo nombre —Contestó ella, parándose en el umbral y sonriendo de medio lado
          —Creí que tu segundo nombre era Mary
          — Lo es. Y por esa misma información le volé los sesos a un principiante que se quiso pasar de listo, así que no lo divulgues.
Reanudó la marcha ignorando las risas de Úrsula. Lo que había dicho era muy cierto pues en la organización por los apodos o, como mucho, por los nombres. La gran mayoría ignoraba si sus compañeros tenían o no segundos nombres y si los que usaban eran falsos o no. Después de todo aquel mundo era terriblemente peligroso. Solo con tu identidad podían delatarte y, por consiguiente y como mínimo, acabar en la cárcel de por vida. En cuanto a Crystal, su fama como vedette en los clubs de la organización Sansburgo la dejaba a otro nivel distinto de sus compañeros y la salvaba de muchas cosas. Aunque era un arma de doble filo. Por eso debía de tener extremo cuidado a la hora de actuar.
* * *
Crystal Saryn llegó al hipódromo ataviada con un elegante y caro vestido de color blanco impoluto, unos tacones y una gran pamela a juego. Llevaba puesta su peluca negra y ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol. Su automática con silenciador se encontraba en su bolso de mano y había ocultado la pequeña pistola de emergencia en su escote.
          — ¿Busca a alguien, señorita? — La pregunta la realizó un tipo robusto y de mediana edad. Llevaba el cabello teñido de negro y vestía un traje de seda a rayas y corbata azul. Era uno de los capos con más peso de la mafia.
          —El señor Drake, supongo.
—   Supone bien. Marcus Drake para servirle. ¿Qué se le ofrece, señorita?
          — Sansburgo me envía para solucionar su problemilla… — la asesina  se retiró ligeramente las gafas y le miró. El capo sonrió ampliamente.
—   Entiendo…Si es tan amable de seguirme, por favor….
La mujer se recolocó las gafas, ocultando nuevamente sus ojos, del color del hielo, y siguió al mafioso hasta una mesa, situada en un reservado, sentándose frente a él y cruzando las piernas.
          — Nuestro amiguito McDowell planea algo gordo y nos ha dejado a todos fuera —Explicó el hombre —Además, lleva meses chupando más dinero que el resto. Eso no nos gusta. No nos gusta nada. Le dimos un ultimátum y se lo tomó a risa. Ya es hora de que aprenda que con la mafia no se juega. Ahora mismo está en la azotea del pabellón C, solo y fumando como un cosaco.
La mujer sacó un cigarrillo pero, antes de poder llegar a sacar el encendedor, Marcus Drake ya estaba ofreciéndole el fuego del suyo propio.
          — Gracias — contestó cortésmente, mientras le daba una calada. —Será un trabajo limpio y discreto. Supongo que está informado de la forma de pago.
          —Ingresaremos el dinero en cuanto cumpla el encargo y se marche, estese tranquila. Permítame decirle que para ser tan joven es toda una profesional.
          —Las apariencias engañan, señor Drake. Gracias por el halago.— le dio otra calada al cigarro y volvió a hablar — Su ‘amigo’ no volverá a causarles más problemas. En cuanto a mí…Nunca me ha visto y esta conversación jamás ha tenido lugar.
          —Toda una profesional, si señor…Manny, acompaña a la joven y elimina las pruebas cuando ella termine su parte.
El aludido, un matón grandote y con aspecto de gorila, sonrió divertido y se crujió los nudillos.
Crystal no tardó en hallar el pabellón C y las escaleras que daban a la azotea. Le hizo una seña a  Manny y éste se paró junto a ellas, mientras la mujer le entregaba el cigarro que se había dejado a medio y subía.
Walter McDowell era un hombre alto, delgado y calvo y la expresión habitual de su rostro era de dureza constante. En ese momento se encontraba apoyado en una pared de hormigón, fumándose un puro que desprendía un fuerte olor nauseabundo, según Crystal. La asesina sonrió complacida al verlo y extrajo un cigarrillo del paquete que llevaba en el bolso.
          —Disculpe, caballero…— dijo, haciéndose la dama desvalida — ¿Sería tan amable de darme fuego?
          —Como no, jovencita…— McDowell prendió el cigarro con su mechero, examinándola con ojos de lobo.
          — Gracias — Le dio una profunda calada y expulsó el humo lentamente.— Que calor hace hoy…
          —Si, es cierto…hoy hace mucho calor para ser septiembre— El hombre sonrió  —  soy Walter McDowell ¿Y usted es….?
          —Así que usted es el señor McDowell…— dijo ella, ignorando su pregunta
          —Ha oído hablar de mí, por lo que veo
          —No lo sé…He oído hablar de un McDowell, que no tiene muy contentos a sus socios…
          —¿E-enserio? — El hombre se puso amarillo.
          —Si, así es…y sus socios han perdido la paciencia — siguió Crystal, con voz neutral— Están cansados de sus despilfarros y sus trapicheos a espaldas del resto…
McDowell palideció aun más.
          —Y, como solución a todo eso, han contratado a alguien para que lo elimine — hizo una leve pausa—¿Le suena el nombre de ‘Ice’?
          —Vagamente, señorita… — dijo él, nervioso.
Crystal suspiró, se colocó el cigarro en la boca y sacó la pistola del bolso.
          —Es una pena…porque debería sonarle bastante — dijo, al tiempo que lanzaba las gafas y el bolso al suelo y le miraba.
El reflejo de la mirada de la muerte apareció en aquellos ojos azules y taladró los asustados ojos del mafioso.
          —O-oye…D-diles que les devolveré todo el dinero…
          —Ya es tarde para eso, Walter… — repuso la mujer tomando el cigarro con la mano libre.
El hombre, que había empezado a sudar abundantemente, cayó de espaldas, quedándose sentado en el suelo.
          — Nena, vamos….apiádate de mí...
          —Imposible. El trabajo es el trabajo, tú lo sabes. Además…pagan demasiado bien.
La mujer deslizó la pistola hasta la frente del hombre, que escondió el rostro entre sus manos.
          —Por lo menos podrías morir como un hombre— dijo la asesina, de manera fría— Encárame, sanguijuela.
El desdichado subió lentamente la vista, lloriqueando.
          —¿Ultimas palabras?— susurró ella.
          —Si me….si me matas…..jamás sabrás quién mató a ‘Cendres
La mujer apartó el arma y le golpeó con la culata de la pistola.
          —No bromees sobre eso, Walter. Si no quieres morir lenta y dolorosamente.
Estaba furiosa. ‘Cendres’ era el apodo de Cathya y hacía referencia a su manía de incinerar a sus víctimas, hasta el punto de solo dejar cenizas de ellas.
          —No bromeo, nena… — dijo Walter, tras escupir sangre y un par de dientes.
La joven le introdujo bruscamente el arma en la boca. El mafioso tosió.
          —Vas a contarme todo lo que sepas respecto al asunto, calvorota — le espetó ella fríamente — Así que ya puedes estar cantando como una soprano en su actuación estelar si no quieres acabar a cachitos.
          —Por lo que sé… — comenzó él, cuando Crystal retiró la pistola de mala gana — A Cendres se la cargaron porque descubrió algo gordo. No se el qué, pero lo que sí sé es que el que apretó el gatillo fue enviado por los mismos que mandaron convertir en coladores a tus viejos.
          —¿eso es todo, McDowell?
          —También….también te han puesto vigilancia… al parecer quieren mantenerte controlada…
          —¿Algo más? — Ice seguía impasible por fuera, pero por dentro era un manojo de nervios.
          —Ya no sé nada mas, te lo juro. Ahora perdóname la vida.
          —Lo siento, amigo. Pero no me han contratado para eso — Dicho esto, se alejó unos pasos y apretó el gatillo de manera casi morbosa.
El silenciador volvió a hacer su trabajo, mientras que los sesos quedaban esparcidos por el hormigón y el cuerpo sin vida del mafioso caía pesadamente al suelo. Una gota de sangre salpicó uno de los zapatos de la joven, que se apresuró a limpiar en las ropas del cadáver. A continuación le quitó el pesado anillo de oro que llevaba en el dedo meñique.
          —Esto será suficiente para demostrar que he cumplido —murmuró, al tiempo que le pegaba una última y larga calada al cigarro y lo tiraba al suelo, para apagarlo bien.
Una vez hecho esto lo recogió y lo metió en el bolso, junto con la pistola, para luego descender la escalera de metal. Manny la miró interrogante y ella sonrió de forma afirmativa, sin detenerse. Al pasar junto a la mesa de Marcus Drake introdujo el anillo del muerto en su cubata. Pudo escuchar como el capo reía con voz ronca mientras se perdía entre la multitud.
* * *
Keith suspiró. Los gritos de su compañera de piso, que habían empezado hacía diez minutos, no le dejaban pensar con claridad. No le hubiese gustado ser la persona al otro lado de su teléfono móvil. Intentó captar el tema de conversación pero todos sus esfuerzos fueron en vano, ya que la mujer hablaba en otro idioma. Por el acento y la entonación dedujo que era francés. Un francés cerrado y bastante bueno.
          —Tranquilízate, Ice — le decía Alicia, al otro lado de la línea, a una asesina fuera de sí. — Ni siquiera sabes si lo que dijo ese tipo era cierto.
          — ¡No me voy a calmar! — contestó ella. Ambas jóvenes hablaban en la lengua materna de Crystal — ¡Quiero que me cuentes todo lo que sabes ya! ¡Porque sé que me ocultas algo!
          — No sé nada, Ice. Te estoy diciendo la verdad.
          —¡Me da igual que me lo ocultes, Alicia! — Continuó Crystal — ¡Pienso llegar al fondo de todo esto y encontrar a los hijos de puta que mandaron meter una bala entre pecho y espalda a Cendres y me dejaron huérfana con nueve años!
A continuación colgó, furiosa. No había mencionado a Harmony. Ni falta que le hacía. Todos conocían la fijación de la joven por escapar de su pasado y, al mismo tiempo, encontrar a ese fantasma perdido en su presente.

Capítulo II

CAPITULO II
Gritos, dolor, agonía, sangre, disparos……Un llanto de niña pequeña y un nombre aullado al viento. Después un fuerte golpe y, mas tarde, todo negro.
Crystal despertó bruscamente de aquella pesadilla. Estaba bañada en sudor, temblaba de arriba abajo y tenía la garganta seca. Tardó varios segundos en darse cuenta de donde se encontraba y algunos mas en distinguir las siluetas de los muebles entre la penumbra en la que estaba sumido su dormitorio.
De repente, y sacándola de su desconcierto, el móvil de la mujer vibró en la mesilla de noche. La joven contestó entre dientes, antes de que empezase a sonar la melodía.
—   Buenos días, ‘Ice’—Dijo una voz femenina al otro lado del teléfono.
            — son las cuatro de la mañana, Alicia — gruñó Crystal, molesta — ¿No puedes llamarme más tarde?
—   No. Tienes trabajo — contestó esta — ¿Recuerdas a Barry Smith?
—   ¿El carterista?—preguntó extrañada—Intentó mangarme la automática el otro día.
            — Se ha vuelto a pasar de listo. Hace unas horas atracó a uno de los nuestros y se llevó el dinero de un cobro
—   ¿algo importante?
            —treinta de los grandes, Ice. El jefe está realmente enfadado, ¿Sabes? Ha pedido expresamente que fueras tú la que se encargase de esto.
—   ¿desde cuándo soy una vulgar mensajera?
            — Es dinero limpio, Crystal. Además, ¿Cathya no te enseñó a no subestimar los trabajos de la agencia?
            — Deja a los muertos tranquilos, Alicia. Dile al jefe que le llevaré el dinero personalmente esta misma mañana.
—   Por eso mismo te envían, Ice. — La aludida sonrió — Eres la mejor
—   Lo sé — contestó antes de colgar
La asesina se arrastró hasta el baño y se duchó rápidamente. Se enfundó un conjunto de color negro, se puso los guantes y se calzó unos botines de tacón.
Abrió un armario y pulsó un botón medio oculto en una rendija, dejando a la vista una extensa colección de pelucas. Eligió una de color rubio platino y corte francés y volvió a ocultar la colección y a cerrar el armario. Se la colocó con destreza y se maquilló a conciencia, para luego retirarse las lentillas que oscurecían su color de ojos azul hielo, convirtiéndolo en un azul claro normal.
Tras esto se acercó a la hermosa cómoda del fondo de la estancia. Se  quitó el colgante que siempre llevaba al cuello, un medallón con el kanji japonés de eternidad grabado en él, y extrajo de su interior una pequeña llave. Con ella abrió uno de los cajones y un arsenal completo apareció ante sus ojos. Se colocó una pistolera de cuero curtido en la cintura y eligió la famosa automática, guardándola en la funda. Miró de nuevo la colección, vacilando levemente antes de coger una pequeña pistola y esconderla en el botín derecho.
Dos minutos después, tras ponerse una gabardina negra, unas gafas de sol y un sombrero, salio a hurtadillas de la casa y se metió en el ascensor, rumbo al barrio de mala muerte donde solía rondar Barry Smith. Le costó una hora dar con el carterista y menos de cinco minutos acabar con su miserable vida, no sin antes tener que escuchar sus patéticos sollozos. El maletín que contenía el dinero iba con él y todos los billetes estaban intactos. Así que no hubo más giros de tuerca, dejó el cadáver en un callejón habituado por ratas y puso rumbo al edificio principal de la  organización. La joven había vuelto a realizar un trabajo perfecto, limpio y sin testigos.
No por nada Crystal Saryn era  una de las mejores en su trabajo. Una asesina a sueldo con una ganada reputación dentro y fuera de aquella extraña organización cercana a las mafias italiana y japonesa, con una plantilla de hombres y mujeres expertos en solucionar los problemas por la vía rápida.
Entró en la organización Sansburgo años después de quedarse huérfana, tras un entrenamiento intensivo y un profundo aprendizaje de varios idiomas, y realizó su primer trabajo a la corta edad de dieciséis años bajo la supervisión de otra asesina a sueldo, Cathya. La mujer fue como una madre para Crystal y su protectora. Su asesinato año y medio atrás le había afectado en cierta medida, pero eso era algo que no exteriorizaría jamás.
La joven Saryn era conocida como ‘Ice’. Ese apodo se debía a sus ojos, de un color azul tan claro que parecía irreal. Esos mismos ojos que reflejaban frialdad y atravesaban a sus víctimas como estalactitas, como la misma mirada de la muerte. Pero su sobrenombre también hacía referencia a la fría y minuciosa manera de efectuar los trabajos que le encargaban. Sin errores, perfectos y ejecutados de forma limpia y precisa. Se notaba que la asesina calculaba hasta el más mínimo detalle antes de dar un solo paso.
Y por ella era respetada y temida. Sobre todo temida, a pesar de tener solo veintiséis años. Porque ‘Ice’ era la típica leyenda urbana utilizada por asesinos y policías para bromear pero, al tenerla frente a ellos, sabían de inmediato que no había escapatoria posible y que la única opción era la muerte.
Pese a todo, ella tenía sus normas. Sus víctimas jamás habían sido ciudadanos inocentes. La mujer se dedicaba a segar las vidas de otros asesinos y maleantes y, como mucho, de policías corruptos. Aunque en tiroteos con la pasma era habitual e irremediable herir a sus adversarios. En esos momentos imperaba la ley del más fuerte.
La joven mujer abrió la puerta del despacho ignorando al hombre que estaba junto a la puerta. El guardia gruñó y maldijo por lo bajo. Una sola mirada suya bastó para enmudecerle. Dentro del despacho, revisando unos documentos, se encontraba una mujer joven, de metro sesenta y poco, ojos castaños y pelo negro y ondulado, con un lunar bajo el labio inferior, en la parte derecha.
            —Gracias por llamar a la puerta—ironizó. Crystal dejó el maletín sobre el escritorio, ignorando el comentario.
            —El dinero. Está todo. Ya sabes dónde ingresar el pago
            —Buen trabajo, Ice — contestó la mujer, lanzándole un fajo de billetes.
            —¿Qué es esto, Alicia? — Repuso ella—Sabes bien que no me gusta cobrar en efectivo
            —Es para que te compres algo. Considéralo un extra por un trabajo bien realizado.
Crystal no contestó. Se guardó el dinero y se marchó tan silenciosamente como había llegado. Era mejor no protestar sobre ese gesto, pues no todos los días le daban a una un incentivo después de liquidar a un pobre desgraciado cuyo único error cometido había sido jugar a polis y cacos con la mafia. Aunque, claro, ella solo era una asesina a sueldo y eso, realmente, le traía sin cuidado siempre y cuando le pagasen una vez terminado el trabajito.

Eran las siete de la mañana. Crystal subía en ascensor hasta el último piso. Se quitó la peluca, el maquillaje y los guantes y sacó una llave del bolsillo del pantalón. Abrió la puerta y cruzó el salón sin hacer ruido, para llegar a la cocina y dejar una bolsa y el periódico de la mañana  en la repisa. Colocó nuevamente la peluca y la pistola en sus respectivos lugares, colgó la gabardina y se lavó la cara, para después regresar a la cocina. Tenía el estómago vacío y necesitaba comer algo.
Nada más entrar se dio cuenta que unos curiosos ojos verdes la estaban observando. Keith se encontraba apoyado en la mesa.
            — Te levantas muy temprano… — dijo. Pese a ir bien vestido, con una camisa y unos pantalones, llevaba el pelo revuelto y tenía cara de sueño.
            — He ido a comprar el periódico — repuso, entregándole el jornal para, a continuación, sacar un paquete con varios croissant de la bolsa — y, ya de paso, el desayuno.
La joven sirvió dos tazas de café y se sentó. Le pasó el azucarero a su acompañante pero ni se molestó en servirse azúcar en su taza. Le gustaba el sabor del café, amargo. Amargo como su vida, como su pasado. Y oscuro como su futuro.
Keith comenzó a leer el periódico por encima, mientras desayunaban.
            — Han encontrado a un tipo muerto cerca del puente — informó el joven, sin apartar la vista de la página en la que estaba impresa la noticia — Al parecer le robaron hasta los anillos.
Crystal no le miró. Tampoco comentó nada. Era mejor callar.
            — Lo que no entiendo es a que viene tanta insistencia en ese rollo de las bandas organizadas—siguió Keith, pensativo.
             — Le gusta causar el pánico y armar jaleo—dijo la joven, como si nada — Así venden más ejemplares.
            — Será eso…Igual que esa estúpida leyenda — Crystal le miró con cierta curiosidad y fingiendo desconcierto — Ya sabes, la de ‘Ice’. Dicen que es un asesino tan frío que puede matar con solo mirarte.
—   que exageración… — susurró ella, sin mirarle.
—   Eso es lo que yo creo. Solo es una leyenda urbana para asustar a la gente.
Crystal se levantó, dejó su taza en el fregadero y comenzó a caminar hacia su cuarto.
—   He dicho que era una exageración…No que creyese que no es real
—   Entonces, ¿piensas que ese hombre existe de verdad?
—   Es posible…— la voz fue ahogada por el sonido de una puerta al cerrarse.
La joven rio entre dientes mientras se sentaba en la cama. “hombre”….era mejor así. Ella prefería que todas las sospechas nunca se cernieran sobre una mujer, pues le facilitaba increíblemente el trabajo.
Se echó para atrás, resoplando. A penas había dormido aquella noche y había tenido que caminar bastante hasta encontrar a ese estúpido carterista. Estaba realmente agotada. Cerró los ojos casi por inercia y puso la mente en blanco.
No supo a ciencia cierta cuanto tiempo pasó hasta que escuchó la puerta de la entrada cerrarse suavemente, con su particular sonido de bisagras. Entonces se levantó pesadamente y se dirigió hasta la cómoda. Volvió a sacar la automática, le cambió el cargador y cerró el cajón con llave. Se escondió la pistola en los riñones y se cambió la camiseta por una blusa de color gris oscuro. Miró su reloj y suspiró pesadamente. Si había algo que odiaba más que el hecho de faltarle tiempo era el hecho de sobrarle tiempo.
Veinte minutos después, tras cerciorarse de que Keith se había marchado y maquillarse un poco, salió del piso con una larga peluca de color negro intenso metida en el bolso y unas grandes gafas de sol ocultando sus ojos. Se deslizó hábilmente hasta la calle y se mezcló entre los transeúntes inquietos y apurados por llegar al trabajo.
En uno de los edificios que se encontraban frente al de la mujer, un hombre sonrió de manera traviesa. Las lentes de sus prismáticos reflejaron el rostro impasible de la asesina de ojos de hielo.

Capítulo I

CAPITULO I

Crystal terminó de quitarse los restos del ostentoso maquillaje con la toallita desmaquillante y suspiró. Su piel seguía brillando tenuemente debido a los trazos de purpurina que no había podido retirar. Se pasó los dedos por el pelo para intentar deshacer la maraña de perfectas ondas en la que habían transformado su cabello castaño, habitualmente liso, pero llevaba demasiada laca (¿o era espuma?, no lo sabía). El ascensor paró en el cuarto piso y las puertas se abrieron con lentitud. La joven salió y se dirigió a su apartamento. Llevaba los tacones en la mano, así que tuvo que maniobrar para sacar las llaves del bolso y abrir la puerta con la que le quedaba libre.
Cruzó el recibidor medio zombi pero se detuvo cuando, al pasar frente al salón, un silbido llamó su atención. Torció el gesto mientras miraba al joven que había silbado, acercándose a él.
Estaba sentado en uno de los sillones, leyendo el periódico y tomando un cappuccino, con los pies sobre la mesita de café.
          —¿Algún problema, Keith? — gruñó, molesta.
          —Ninguno, solo admiraba tu modelito—respondió el aludido, sonriendo abiertamente. Crystal volvió a gruñir.
          —Cosas del trabajo. Ya lo sabes — comentó, mientras apartaba bruscamente sus piernas — ¿Cuántas veces tengo que decirte que no pongas los pies sobre la mesa del café? ¡La vas a rallar!
          —Que exagerada eres, mujer….
Ella no contestó, se dio la vuelta y salió de allí, con cara de pocos amigos.
          —¿A dónde vas?
          —A ducharme y a dormir. No hagas ruido. Como me despiertes juro que te mato.
El joven lanzó una carcajada, ella lo ignoró y se metió en su cuarto, dando un portazo. Keith siempre se tomaba aquel tipo de advertencias y amenazas a broma. Craso error.
Tras ducharse y ponerse ropa cómoda se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. Odiaba esa situación. Vivir con aquel tipo era una condena. Le molestaba hasta límites insospechados y no precisamente por el hecho de ser alguien insufrible.
Crystal era una de las cantantes estrella de algunos de los selectos clubs para ricos de aquella ciudad. Conocida como “La sirena”, sus actuaciones se reducían a tres noches a la semana y su sueldo le permitía vivir en un gran y lujoso apartamento del centro. Aunque eso solo era de cara a los demás. En realidad, la organización Sansburgo era una tapadera. La mayor parte de los trabajadores eran asesinos a sueldo y prestamistas, y el dueño uno de los mayores y más crueles mafiosos conocidos hasta la fecha.
Así que, cuando su jefe le encasquetó a Keith Miles como compañero de piso, temió que toda su vida se fuera al traste. Aún seguía maldiciendo aquella llamada.
* * *
Fue hacía ya dos meses, inesperadamente. El móvil de la joven sonó con gran estruendo, interrumpiendo su agradable siesta. Solo por eso el asunto le daba mala espina. No solían llamarla a esa hora.
          —¿puedes repetirme lo que acabas de decir? — La mujer utilizó un tono tranquilo y pausado, pero con un toque de incredulidad.
—Vas a compartir tu piso con alguien—repitió su interlocutora, al otro lado del teléfono
—Alicia, no me jodas… ¿Tú sabes el riesgo que conlleva eso?
—Son órdenes directas de arriba, lo siento. — su tono de voz contradecía sus palabras de disculpa — Se trata de algo importante, Crystal. Es el sobrino de un pez gordo, un empresario que tiene una gran deuda con el jefe.
          —¿Dinero?
           —Y en cantidades industriales, guapa, pero también hay un enorme trato por medio. El chaval vivirá contigo hasta que su querido tío pague y cumpla con lo acordado. Y, en caso de no hacer lo que se le dice,…bang.
—¿Posible traición?
—Piensa que pueden jugársela y estafarle. Y ya sabes que el viejo no suele equivocarse en esas cosas.
—Ya. ¿Y crees que puedo retenerle así, por las buenas?
—No. Él piensa que está de visita, comprobando que el negocio de su tío va bien.
—¿el negocio de su tío? —Crystal seguía sin comprenderlo bien.
—El Club Wells donde actúas. Ese tipo tiene acciones allí. — Respondió Alicia — Como te decía, su sobrino piensa que solo es una visita rutinaria y divertida y que el jefe, en un alarde de amabilidad, le ha ofrecido vivir en el lujoso piso de su cantante estrella para que disfrute de su estancia.
—No me hace ninguna gracia tener que compartir mi piso. Y mucho menos hacer de canguro de un consentido. Y lo que menos me gusta de todo eso es que me traten como si fuera una vulgar fulana
—Tranquila encanto, no tendrás que hacer nada que no quieras. El jefe dijo “compañía”, pero no especificó qué tipo de compañía sería. Y el encargo está muy bien pagado.
La joven iba a protestar, alegando que vigilar e investigar a un posible cómplice de estafa a la mafia no era de su potestad, sin olvidar el hecho de que odiaba relacionarse con otra gente si  no tenían que ver con su trabajo, la mayoría de los cuales acababan con un tiro entre los ojos o con la cabeza separada del cuerpo, pero le fue imposible replicar pues en ese momento alguien llamó al timbre.
—Será mejor que la suma sea alta—advirtió ella, malhumorada, antes de colgar.
Lo primero que vio cuando abrió la puerta no le agradó demasiado, es más, no le agradó en absoluto. Frente a ella se encontraba un joven de, más o menos, su edad. De cabello rubio oscuro y ojos verdes claros, era alto y de complexión atlética. Tenía los rasgos faciales finos y lucía una expresión bondadosa y ligeramente despistada, con una sonrisa traviesa. Visto desde el punto de vista femenino el tipo no estaba nada mal. Pero ella no era una fémina cualquiera y, desde su punto de vista solo era una víctima a la que debía vigilar y, en caso de llegar a ese punto, eliminar. Una víctima algo más peligrosa de lo normal, pues debía de convivir con ella sin que su secreto saliera a la luz.
El chico miró a la dueña del piso con curiosidad y cierta sorpresa. Ella ni se inmutó.
          —¿Desea algo? —la pregunta sonó forzada
—Si, esto… ¿Es usted la cantante? Quiero decir “la Sirena”, disculpe si no se su nombre…. —contestó el joven. Parecía inseguro— Me han dicho que podría quedarme aquí el tiempo que esté en la ciudad…
—Si, pase—Ella se apartó, dejándole pasar. Pudo ver el resplandor de sorpresa en sus ojos, al ver que el piso ocupaba toda la planta del edificio.
Sin duda, la casa era espaciosa. Constaba de un gran salón, dos habitaciones, una amplia cocina, dos cuartos de baño, uno de ellos dentro de la habitación de la joven, y una pequeña biblioteca en la que Crystal fingía tener el despacho y practicaba de vez en cuando.
Mientras él miraba con curiosidad el lugar ella permaneció ligeramente apartada. Cuando volvió a girarse hacia ella, con una gran sonrisa, se acercó un par de pasos.
—Espero que no le moleste la decisión de su jefe—El joven parecía cortés
—No es molestia. El señor Stokes me pidió este favor y no pude negárselo. Siempre se ha portado muy bien conmigo.
          —¿Es en serio? Pensé que sería una especie de ogro o algo así.
—No. Se porta bastante bien con sus subordinados y tenemos buenas pagas. Así que cuando nos pide cosas así no podemos negarnos. Sería muy desconsiderado por nuestra parte.
  El joven asintió, dando a entender que lo comprendía, y caminó hacia una puerta cerrada.
—¿Mi habitación?
La joven asintió y él entró. La alcoba era grande y estaba bien iluminada gracias a un hermoso ventanal (En realidad, había ventanales por todo el piso). Los muebles; una cama individual, un armario, una cómoda, una  mesilla y un escritorio, eran sencillos, de madera de caoba, igual que los del resto de la casa.
          —Hay varias normas a seguir—dijo la mujer, mientras él curioseaba—Nada de visitas inesperadas, nada de fiestas en esta casa y nada de entrar a mi habitación, bajo ninguna circunstancia. Tiene un baño para usted solo en la puerta contigua. Me gusta la tranquilidad, así que si escucha música o pone la televisión hágalo a un volumen moderado.
          —Entiendo… ¿Cuándo puedo mudarme?
          —Cuando lo desee.
          —Una última cosa—el joven se paró en el salón y la miró directamente a los ojos—Ya que vamos a vivir juntos… ¿le molesta si la tuteo?
—Haga lo que le plazca—respondió ella
—Me llamo Keith Miles-dijo. — Y tú eres…
—Saryn. Crystal Saryn. —contestó la joven, estrechándole la mano que le tendía.

Crystal volvió a servirse otra ración de ensalada y la aliñó. Hacía mucho tiempo que no cenaba en compañía y aquello se le hacía raro.
          —Bueno… ¿Qué edad tienes?-la joven miró a su interlocutor fijamente. Aquello la había desconcertado un poco.
          —Veintiseis años-contestó, con la vista fija en su cena
          —Tres menos que yo…-esa afirmación parecía más para sí mismo que para Crystal — ¿A qué te dedicas?-
          —¿Aparte de cantar, te refieres? —Él asintió—Como sabrás, Sansburgo es una de las compañías más importantes del país. No solo por sus múltiples clubs de ocio, sino por sus salones de belleza, balnearios y su trabajo a la hora de organizar fiestas de alto copete para ricos.
          —Me beneficio de todos esos servicios, querida, así que los conozco bien.
A Crystal no le gustó el apelativo cariñoso, pero decidió pasarlo por alto.
          —Pues formo parte de la plantilla de una de sus empresas. Quiero decir, al margen de mi papel como cantante tres noches a la semana, también tengo un trabajo diurno otros cinco días.
          —¿Y cuál es tu trabajo?
          —Me ocupo de tramitar el trabajo sucio— Miles pareció interesado.
          —¿Y que es para ti ‘trabajo sucio’? — Ella empezaba a arrepentirse de haber permitido aquel interrogatorio.
          —Lo típico; relaciones públicas, informes, restricciones de contrato, advertencias y despidos….
Sobre todo despidos. Pensó la joven ahogando una risa irónica.
El chico torció el gesto y tragó.
          —Sí, el nombre de ‘trabajo sucio’ es el más adecuado, estoy contigo….
Ella no dijo nada, solo siguió cenando.
          —No parece un trabajo muy agradable—siguió él
          —No lo es, pero entre eso y ser cantante cobro un buen sueldo—contestó — No todo puede ser perfecto y me gusta vivir bien.
          —¿Y por qué vives sola?— La joven alzó la vista y le miró con sus penetrantes
ojos — Quiero decir…
Crystal se encogió de hombros y miró por la ventana.
          —Me gusta la tranquilidad y la soledad. Aunque mi psicólogo dice que necesito compañía. Idiota… ¿qué sabrá él?
  —¿Y por qué no te compras una mascota?
  —Porque soy alérgica a los perros y aborrezco a los reptiles—respondió ella — Además, es muy complicado interactuar con ellos. Esos bichos no tienen conversación alguna y exigen muchos cuidados para lo poco que hablan.
El joven rio. Ella ni le miró y volvió a centrarse en su ensalada.
Aquello era bastante incómodo, por no decir peligroso. Si aquel tipo descubría la verdad tendría problemas. Muchos problemas.
* * *
Y así fue como acabó compartiendo piso con aquel sibarita ricachón. Aunque ella no era quién para juzgarlo, dado sus gustos caros, no podía evitar sentir una aversión total por el tipo. Keith solía entrar y salir cuando le apetecía, la mayoría de las veces para acudir a clubs, fiestas o cosas así. Le encantaban las mujeres bonitas, a quienes solía dedicar su total atención en aquellos clubs y malgastaba el dinero en vinos caros y joyas más caras todavía. Alguna vez había intentado hacerle algún que otro regalo pero Crystal, a sabiendas que luego eso podría tener consecuencias, los rechazaba todos. Política de la empresa, alegaba y Keith tenía que tragárselo quisiera o no.