jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo V


Capítulo V: Erina

Erina entró de golpe en casa, rezando para que Aradia no hubiese salido a dar uno de sus esporádicos paseos. Por suerte, encontró a la joven leyendo un libro en su habitación. Ésta levantó la cabeza y la miró extrañada, al verla tan agitada.
— ¿Ocurre algo? — Le preguntó — ¿Qué haces aquí tan pronto?
— No hay tiempo para explicaciones — Replicó la mujer, mientras sacaba una mochila del armario — Tienes que irte de aquí. Ya.
Erina entendía perfectamente la cara de desconcierto de Aradia, pero no podía pararse a explicarle la situación. Comenzó a meter algo de ropa de la chica en la mochila, algunos amuletos y una bolsa de piedras preciosas y semipreciosas conjuradas mientras sentía la mirada perpleja de su protegida sobre ella y se aseguró de esconder un fajo de billetes en el forro de la mochila antes de cerrarla.
— Tía Erina…Me estas asustando…. — Aradia se había levantado, acercándose a ella lentamente.
— Haces bien en asustarte. No es un asunto que deba de tomarse a la ligera — Replicó la aludida — Ponte los zapatos. Rápido.
La chica obedeció, poniéndose las deportivas y cogiendo una chaqueta, antes de salir de la habitación tras Erina. La mujer caminó  hasta la entrada de la casa y puso las llaves del coche en la mano de Aradia. Ésta la miró sin comprender lo que ocurría.
— Coge el coche y márchate. No pares en varias horas. Hay cosas que debes saber pero no hay tiempo…. — A continuación le entregó el manuscrito con brusquedad, junto con algo más de dinero — Todo lo que tienes que saber está ahí dentro… léelo cuando estés segura.
— ¿Y a dónde voy? — Preguntó ella, metiendo el libro en la mochila y colgándosela al hombro.
— A Barcelona. Yo me reuniré contigo en cuanto pueda. — contestó la mujer, abrazándola — Cuídate y ten mucho cuidado. No confíes en nadie, ¿vale?
La chica asintió nerviosamente, mientras salían de la casa.
— Y una cosa más, Aradia…. — dijo, antes de que ésta se metiera en el coche —- Si coincides de alguna manera con Kai… (Si, el cantante, no me mires así) intenta hablar con él y guárdale las espaldas. Como ya te he dicho está todo en ese libro, así que pronto lo entenderás...
Tras una breve despedida, Aradia arrancó el coche y se marchó. Erina volvió a entrar en la casa, abatida. Sacó el movil y marcó un número con rapidez. Al tercer tono alguien al otro lado descolgó. Ni siquiera permitió que saludase.
— Ashar, soy Erina. Tenemos un problema y de los gordos. El día que todos temíamos ha llegado — La mujer hablaba a una velocidad considerable y muy nerviosa. — Es posible que el palacio de diamante haya caído porque han venido a por ellos y a por el manuscrito. He logrado poner a Aradia a salvo haciendo que se marchase de aquí en coche e incluyéndole amuletos de ocultamiento y protección entre la ropa, pero no sé cuanto tiempo harán efecto. 
Al otro lado de la linea una voz masculina hablaba con solemnidad. Se le notaba inquieto. Por mucho que intentase ocultar su nerviosismo Erina sabía que lo estaba.
— No puedo decirte a donde la he mandado, Ashar. Podrían escucharnos. — Replicó la mujer —  Solo ocúpate de que el muchacho salga de aquí sano y salvo. Y cuando descubra quién fue el genio que le sugirió éste lugar a su madre para sus vacaciones me ocuparé de que pague por su enorme metedura de pata. 
Algo la alertó de repente, como un perro escuchando un ultrasonido, inaudible para los humanos. Colgó el móvil y se dirigió con paso decidido hacia la enorme biblioteca, al tiempo que oía como alguien abría la puerta de la entrada con gran estruendo. Echó a correr entre las estanterías, mirando de vez en cuando hacia atrás, con pavor. El rasgueo de una capa cortando el viento sonaba tras ella. Paró de correr y tomó aire. Había llegado el momento de actuar. 
Una de las estanterías cayó con un fuerte estruendo. El encapuchado hizo un movimiento circular, formando una bola de energía y lanzándosela a Erina con fuerza, quien la desvió facilmente con un simple giro de muñeca y arremetió haciendo que varios libros saliesen disparados contra el intruso. Ni siquiera le rozaron y si se acercaban lo más minimo a él un campo de energía los repelía con evidente facilidad. Erina masculló algo por lo bajo y chasqueó los dedos. Varias esferas de lúz aparecieron, chocando brutalmente contra el enemigo, quién le lanzó un rayo negro que le rozó el hombro a la mujer, rasgándole la blusa y haciéndole un corte en la piel. 
— ¿Crees realmente que podrás protegerlos a todos? — La voz del desconocido era cavernosa, áspera y llena de maldad — Tus poderes han disminuído. Ellos no saben quienes son ni que hacer con sus dones...Acabarán muertos y lo sabes. Nada se interpondrá en el camino del Lord.
— ¡Deja de decir chorradas! — gritó la mujer, molesta, mientras lograba lanzarle al tipo una estantería entera. 
El ser se deshizo en humo antes de que la estantería lo aplastara conta la pared y Erina tardó menos de un segundo en echar a correr hacia su cuarto. Vendrían más. Muchos más. Lo mejor sería salir de aquel pueblo lo antes posible, en dirección opuesta a la muchacha. Lo mejor sería huir a Madrid.

Capítulo IV


Capítulo IV: Erina
Erina miró al joven de rasgos asiáticos salir de la tienda con gesto contrariado y suspiró profundamente. Sabía perfectamente quién era. Por mucho que lo intentase era imposible engañarla, aunque había que reconocer que se había esforzado bastante, fingiendo un mal entendimiento del español y hablando en inglés. Pero la verdad había terminado por salir a la luz tan solo con sus actos (Especialmente cuando incluyó varias novelas en español entre sus compras algo que le había delatado del todo).  Había cambiado tanto en aquellos años... Era el vivo reflejo de Caleb, sin duda. Y el poder que irradiaba era tal que nada más poner un pie allí, Erina no pudo más que observarle, cegada por el reflejo de su don.
No fue difícil lograr que se le cayese la billetera, un simple conjuro de movimiento había bastado para sacarla de su bolsillo y transportarla hasta aquel pasillo sin que se diese cuenta. Necesitaba comprobar si todo estaba bien, solo para tranquilizarse. Por desgracia nada había salido como había planeado. Él había visto el libro, por supuesto. El manuscrito era demasiado llamativo como para que cualquiera pudiera pasarlo por alto. Por desgracia para ella y sus esperanzas, el libro había reaccionado y el amuleto también. Había sido casi automático, como si ambos estuvieran esperando aquel momento durante siglos. Y no había sido el único amuleto en reaccionar.
Días antes el de Aradia había brillado con tal intensidad que tuvo que obligarla a olvidar lo ocurrido. Aquello no era bueno, nada bueno. ¿Los tres, más los amuletos de Namrdys y el manuscrito de Ashrak activados, en el mismo pueblecito? Eso solo podía ser sinónimo de problemas. De graves problemas.
Volvió a suspirar mientras se dejaba caer en el taburete de detrás del mostrador y se cubría la cara con las manos. Habían pasado diecisiete años desde la revolución y catorce desde la muerte de los que habrían podido detener la catástrofe, pero jamás, ni en sus peores pesadillas, hubiese imaginado que la tranquilidad duraría tan poco. Durante aquellos años, Erina se había dedicado en cuerpo y alma a cuidar y proteger a la hija de sus amigos. La pequeña, sin culpa alguna de nada de lo que había ocurrido, se había quedado sola en el mundo y con una identidad y unos recuerdos bloqueados para evitar que otros acontecimientos como ese se repitieran. Pero, al parecer, de nada había servido la dedicación y protección de la mujer. Al final el destino había sido más fuerte que ella. Erina solo había sido capaz de retrasar la tormenta, pero esta parecía estar cobrando cada vez más fuerza en los últimos meses.
Se levantó con pesadez del asiento, barajando las posibilidades que tenían, mientras cerraba la tienda. Había llegado la hora de contarle la verdad sobre su origen a Aradia. ¿Se asustaría? ¿La odiaría? ¿La creería siquiera? Por su seguridad, eso esperaba. Después de todo, el tiempo que gastase en convencerla podría significar la diferencia entre salvar la vida o la muerte más espantosa jamás imaginada. Y Estaba en juego demasiado como para permitir que le ocurriese algo malo a cualquiera de esos dos chicos.
Un ruido sordo la despertó de su ensimismamiento. Erina, alarmada, corrió como alma que lleva el diablo hacia el manuscrito. Las estanterías comenzaron a caer casi a su paso y los libros salían volando con violencia, golpeando secamente contra las paredes. Sacó el códice de la vitrina lo más rápido que pudo pero, al girarse, una sombrea de humo negra y gris se alzó ante ella. Corrió hacia un lado y se encerró en la trastienda del local.
Rebuscó en sus bolsillos, torpemente y agitada, sin soltar el libro y temblando como una hoja de puro nervio y pavor.
La sombra rondaba la puerta.
Sacó un medallón antiguo, ovalado y dorado, con ribetes en los bordes y un gran rubí en el centro, rojo brillante. Lo apretó con fuerza contra el pecho.
La sombra de humo empezó a colarse por la rendija de abajo.
Murmuró unas palabras, apretando los dientes y rogando al cielo que aquello funcionase. 
Justo cuando la sombra terminó de colarse en la habitación, la mujer desapareció entre una espesa niebla azul.  Se había salvado por los pelos.
No por nada Erina Westlet era la líder de los Protectores. Brujos con poderes especiales destinados a cuidar y proteger a las distintas casas reales de Gaia. Una eminencia en su mundo, famosa, amada y odiada a partes iguales, destinada a grandes cosas y protectora absoluta de las más importantes familias de los cuatro reinos. Pero una simple librera en la Tierra. Una mujer con una chiquilla a su cargo. Alguien que no llamaba demasiado la atención.No parecía que el destino de aquellos dos mundos estuviera en sus manos y en que realizase  bien su trabajo. Cuanto engañaban las apariencias…

Capítulo III


Capítulo III: Kai

Mi nombre es Kei Montenegro (aunque mi manager decidió por su cuenta que Key quedaba mejor) y no soy un chico normal. Para empezar mi aspecto llama soberanamente la atención. No solo por la ropa, los pendientes, los anillos o el hecho de llevar lentillas de colores llamativos. Eso es lo de menos. Lo que más resalta en mí son mis rasgos asiáticos y mi perfecto castellano a la hora de hablar. Eso se debe, principalmente, a un padre hijo de español y china y una madre japonesa y al haber nacido en España. Así que es imposible no fijarse en mí cuando voy por la calle. Por eso y porque soy famoso. Soy cantante desde los diecisiete años y modelo de revistas y anuncios desde los quince. Al principio mi madre no lo veía con muy buenos ojos, pero acabó por aceptarlo. Cosas de madres, supongo.
Aunque cuando digo que no soy un chico normal no me refiero solo a eso. Desde que tengo memoria mis ojos han sido raros, de un azul tan claro que parece blanco. Pero eso no es lo único extraño de mis ojos. Según mi estado de humor el color puede llegar a variar. Por ejemplo, cuando me enfado de verdad adquieren un intenso color rojo sangre. Eso siempre me ha asustado. ¿Qué clase de ser humano tiene esa habilidad? Por eso oculto mis ojos tras lentillas de colores extraños. Así, si alguna vez alguien me pillara sin ellas, pensaría que es otra de mis excentricidades. Mi madre me enseñó a convivir con ello y no darle muchas vueltas, aunque sigo temiendo que alguien descubra mi secreto. Porque sé que sería peligroso. Muy peligroso. Y también sé que tiene relación con esas malditas pesadillas.
Desde que tengo uso de razón, más o menos, desde los doce años, tengo unos extraños sueños sobre una guerra mágica. Yo estoy en ella. Sé que me quieren matar. Hay sangre, dolor, sufrimiento, hay personas que se ahogan en sed de poder. Es angustioso y horrible. Al principio los sueños solo me acechaban de vez en cuando, pero en el último año o año y medio se han vuelto más constantes. Siento que me van a volver loco. Lo único que me salva es poder ver en ellos esos preciosos ojos aguamarina. Esa niña pequeña llora y grita mi nombre mientras intenta huir de unas sombras que la asfixian. Y he visto esos ojos antes. En el mundo real. Varias veces.
Su nombre es Aradia y es una cría a la que ayudé hace años en el parque del Retiro de Madrid cuando la encontré perdida y al borde del llanto. Pasé años sin poder olvidar sus ojos, preguntándome que habría sido de ella, y me sorprendí enormemente cuando descubrí que era una de las fundadoras de mi club de fans.
Pero cuando la volví a ver en una de mis firmas de discos apenas quedaba nada de aquella niña. Tenía un aspecto rebelde, fuerte y decidido, con el pelo color rojo sangre, largo y los ojos brillando de entusiasmo e ilusión. Y lo peor, notaba un aura oculta de sufrimiento. Un aura que me producía escalofríos. Me vi obligado a fingir que no la recordaba. Era necesario para no armar ningún escándalo y menos entre el resto de mis fans. Quizás debería haberle ofrecido alguna muestra de complicidad, pero temía una revolución.
Antes dije que solo conservo recuerdos a partir de los doce años. Eso se debe a un accidente de tráfico que sufrí a esa edad, en el cual murió mi padre. Su muerte marcó mi vida y la de mi madre de forma radical (Desde entonces siempre la envuelve un aura de tristeza y melancolía). De él a penas recuerdo su voz y, de no ser por algunas fotos, tampoco recordaría su aspecto. Hace algunos años, mi madre me había regalado un colgante que había pertenecido a mi padre. Una curiosa piedra multicolor y traslúcida rodeada por una especie de marco de plata tallado a mano. Ella insistía en que era valiosa, pero yo siempre pensé que no era más que una piedra semipreciosa con más valor sentimental que otra cosa. Aun así, nunca me quitaba el colgante.
Mi historia era tan compleja a mis escasos 26 años y me sentía tan saturado que decidí huir. Mientras el mundo entero pensaba que me encontraba en unas vacaciones de ensueño en una isla paradisíaca, yo me escapé a un pequeño pueblo costero entre Alicante y Murcia, decidido a pasar desapercibido como un turista más y poner en orden mi cabeza. La idea, por supuesto, fue de mi madre. Dijo que me veía cansado, sin fuerzas, ojeroso y que me vendría bien un tiempo aislado y lejos de los focos para recuperarme. Como siempre, no le faltaba razón.
Me instalé en el pequeño y modesto hotel del pueblo, haciéndome pasar por uno de los múltiples turistas que se dejaban ver por allí en la temporada estival, fingiendo no saber a penas español y mezclando palabras con un inglés un tanto extraño. Procuré vestirme de forma que no llamase la atención, me quité los pendientes, me peiné de una forma bastante poco favorecedora y decidí no separarme de las gafas de sol y de un gorro estilo panamá. Me sentía un poco idiota haciendo todo aquello, pero era la única manera de pasar desapercibido.  
 El problema que tenía aquel lugar era su excesiva tranquilidad. A parte de algunos bares extranjeros, un par de restaurantes y varias cafeterías y heladerías, no había nada más. Tras cinco días allí se me habían agotado las ideas sobre lo que hacer, así que decidí vagar sin rumbo por las callejuelas más escondidas, a ver lo que encontraba. En uno de esos paseos di con un sitio curioso. Una pequeña librería de aspecto antiguo, pero que parecía tener literatura moderna. Entré, con la clara intención de comprar un par de libros con los que entretenerme. Hacía bastante que no tenía el suficiente tiempo libre como para leer con tranquilidad.
Me sorprendió descubrir que era más grande de lo que parecía por fuera (¿o debería decir más profunda?), con un estilo de decoración clásico, pero cuidado y una pequeña zona con un sofá y varios sillones que seguramente sería usada para pequeñas reuniones o como rincón de lectura. Aunque lo más llamativo de todo era, sin duda, la zona de la cafetería. Una barra, un par de máquinas de café una batidora… En ese momento parecía en desuso, pero un cartel anunciaba el horario de apertura diario. Tras saludar a la dependienta, una mujer de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos años, atractiva, alta y delgada, de melena rizada y de un color negro intenso, rasgos faciales afilados y ojos de color gris oscuro que bien podría haber sido modelo, me puse a vagar por las estanterías, buscando algo que captase mi atención. Finalmente, tras un buen rato curioseando, me dirigí al mostrador con varios libros entre las manos.
—Ciencia Ficción, misterio, novela negra, novela fantástica…. — comentó la dependienta al verlos, en un perfecto inglés — veo que no tiene gustos concretos… Eso está bien.
—suelo leer de todo — Respondí, sonriente, en el mismo idioma.
—Si le interesa, en nuestra página web podrá encontrar un catálogo de todos los libros que tenemos — dijo, entregándome una tarjeta de visita. En ella se podía leer el nombre de la tienda ( “+”, ¿Qué clase de nombre es ese para una librería?)
Entonces ocurrió. Fui a sacar la cartera para pagar, cuando me di cuenta de que no estaba donde se suponía que debía de estar: En el bolsillo de mi pantalón. Me puse lívido. Estaba seguro de haberla cogido al salir del hotel.
— ¿ocurre algo?
—No…no encuentro la cartera….
— ¡Oh, Vaya! — La dependienta parecía tan nerviosa como yo — Dese una vuelta por la tienda, lo mismo se le ha caído por alguno de los pasillos….
Acepté su sugerencia y volví a recorrer la librería, buscando mi cartera con desesperación. Por suerte, al doblar una esquina, la visualicé tirada en el suelo. La recogí con alivio y me dispuse a volver al mostrador, pero algo captó mi atención.
Dentro de una vitrina de cristal, sobre un atril, había un libro antiguo. Y, o estaba loco, o acababa de ver como la portada brillaba. Me acerqué con cautela y lo observé detenidamente. Nada. No ocurría nada. Negué con la cabeza, convencido de que había sido solo mi imaginación. Estaba a punto de girarme cuando volví a ver el tenue brillo. Pero esta vez no fue solo el libro lo que brilló, mi colgante también lo hizo. Alargué la mano, dispuesto a abrir la vitrina para verlo más de cerca, pero una voz me lo impidió.
—Le ruego que no toque ese manuscrito, por favor. — detrás de mí se encontraba la dependienta, con las manos cruzadas y expresión ceñuda. — Es muy delicado y valioso.
—Disculpe. — murmuré, caminando hacia la salida y dedicándole una sonrisa nerviosa— Encontré la cartera
—En ese caso, vamos a cobrarle — dijo ella, sonriendo también.
Poco después me marché de allí, pero aquel libro no se me iba de la cabeza. De hecho no se me fue de la cabeza en mucho tiempo.

Capítulo II


Capítulo II: Aradia

Pese a todo, algo en mí se removía con tristeza. Quizás era el recuerdo de aquel día, pidiendo a gritos volver a hablar con él como en aquella ocasión, sin la presión de la fama sobre nosotros. O quizás era el dolor de la posibilidad de que él no se acordase de aquella niña perdida a la que ayudó.
Aun así, mi vida seguía con total normalidad. Seguía viviendo en casa de mi tía, quién me había criado desde la muerte de mis padres cuando tenía ocho o nueve años, estudiaba fotografía y veraneaba en el mismo pueblo costero de siempre, desde que nací. Incluso tenía novio. Y precisamente por él, a mis veintidós años y recién graduada, había renunciado a irme de viaje con mis amigos para pasar el verano juntos, antes de que se marchase a Barcelona a realizar un máster. Jamás pensé que algo como aquello podía ocurrir.
—Nico, ¿pasa algo? — Él solo negó con la cabeza. Tanto silencio me descolocaba.
Era lunes por la tarde. Habíamos ido a dar una vuelta por una de las playas del pueblo. Por suerte la mayoría de la gente se encontraba trabajando en las ciudades así que estábamos prácticamente solos.
—¿De verdad me quieres? — su pregunta me pilló por sorpresa.
—Si. — No vacilé al contestar
—No lo parece.
—Sabes que los sentimentalismos no son lo mío — respondí, frunciendo el ceño
—Eres toda una ‘Drama Queen’, Ara, pero en asuntos del amor eres reservada y seca. Es normal que no me lo crea…
—Pues créetelo. — repuse, sintiendo un pinchazo en el corazón. Algo no estaba bien.
—Solo pareces salir de tu burbuja con ese cantante — Nicolás ignoró mi respuesta y siguió hablando con un tono amargo en la voz. Me molestó el tono que utilizó al decir “ese” — A veces pienso que tengo que competir con él por mi propia novia.
—Eso no es así, Nico. Solo es….
— ¿actitud de fan? — Negó con la cabeza — Al principio pensé que podía soportarlo… pero se ha convertido en una barrera. Además, está el tema de la distancia.
— ¿Qué quieres decir? — pregunté, negándome lo evidente a mí misma.
—¿Cuánto crees que duraremos después de irme a Barcelona? — No esperó mi respuesta — Seguramente meses, a lo sumo medio año.
—Nico, yo… — La angustia hacía que me costase hablar. Él no me dejó seguir.
—Las relaciones a distancia no son lo mío.
No contesté. No tenía fuerzas para hablar.
—Cuando me fui el mes pasado a buscar piso y prepararlo todo conocí a alguien... Se acabó, Aradia — Esas palabras, la frialdad con la que las dijo, dolieron. Sentí que me atravesaban el corazón con rudeza.
— ¿Me estás…dejando? — Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla.
—Lo siento — respondió él, sin mirarme, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia las escaleras para salir de la playa y volver a su casa.
Yo no me moví. Me quedé ahí clavada, mirando al mar, mientras las lágrimas brotaban silenciosamente de mis ojos. Las nubes cubrían el cielo y el viento me arremolinaba el pelo, que esos días llevaba de un color azul cian. Estaba oscureciendo cuando salí de la playa y comencé a vagar sin rumbo por el pueblo. Los recuerdos de todo lo que habíamos vivido durante aquel año y medio se amontonaban en mi cabeza y las lágrimas no me daban tregua. Ni siquiera la tormenta de verano que se desató frenó mi paseo. Finalmente me arrastré hasta casa, calada hasta los huesos, con el rostro empapado de lluvia y lágrimas, el pelo convertido en una maraña de agua y mechones enredados, el maquillaje corrido… En definitiva, hecha un adefesio.
Cuando tía Erina me vio se puso tan nerviosa que estuvo a punto de que le diera un infarto. No tardó ni medio segundo en ir a por toallas y correr hacia mí para envolverme en ellas.
— ¡Aradia!, ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡Estás empapada! ¿Dónde está Nico?- Ella no paraba de preguntar mientras me secaba. Yo no podía moverme. Finalmente volví a romper en llanto, esta vez sonoro y desesperado. Ella, por suerte, pareció entenderlo todo y me abrazó.
Me di un baño caliente. No recuerdo cuanto tiempo estuve en el agua, pero cuando salí tenía los dedos completamente arrugados. Tía Erina me preparó una pizza para cenar (ni siquiera me había dado cuenta del hambre que tenía) y me acosté casi de inmediato. Pasé varios días casi sin salir de la cama, vagando como un fantasma por la enorme casa y suspirando a cada paso. Además, aquellos malditos sueños no cesaban. Tras una semana como alma en pena, la paciencia de mi tía se agotó.
— ¡Ya está bien! — sentenció una mañana, dejando caer los periódicos sobre la mesa de la cocina. Yo, que estaba mordisqueando una tostada de pan de molde, la miré sin comprender — No puedo seguir viéndote cual fantasma día sí y día también. ¡Si sigues así envejecerás rápido!
Sabía que tenía razón, pero no podía hacer nada al respecto. Me habían dejado por otra y dolía.
—A partir de mañana trabajarás conmigo en la librería. Y no quiero excusas — Sentenció la mujer, duramente. No respondí, solo suspiré. La idea de trabajar en la librería que mi tía regentaba allí durante los meses de veraneo no me parecía mala idea. Por lo menos así mantendría la mente ocupada e incluso podría pensar con tranquilidad en aquellos sueños que me habían estado atosigando durante años. Extraños sueños sobre sangrientas guerras en un mundo desconocido, sobre magia, ambición, poder, dolor… Al principio solo los tenía muy de vez en cuando, pero en los últimos dos años se habían vuelto más insistentes y repetitivos, hasta el punto de que no pasaban tres días sin sufrirlos. Definitivamente, si conseguía aclarar mi mente en cuanto a ellos, escribiría un libro con esa temática. Total, eran mis sueños (o, mejor dicho, mis pesadillas) y podía hacer con ellos lo que quisiera.

Capítulo I


Capítulo I: Aradia

La primera vez que le vi ni siquiera sabía quién era, y mucho menos que fuera famoso. A penas tenía once años, era una niña y me había perdido en pleno Parque del Retiro en Madrid. Recuerdo que pasé verdadero pánico. Había ido a la capital con mi tía Erina en tren, un largo viaje de unas siete interminables horas, para acompañarla en unos trámites que tenía que hacer. Después yo había insistido dar una vuelta por el popular parque, algo a lo que ella no se negó, pese a mis continuas quejas durante todo el día.
No sé muy bien como llegué a perderme, solo que yo corría de aquí para allá, haciendo fotos y asombrándome con el paisaje. Tras echar la sexta foto a un grupo de patos me giré para comentarle algo a mi tía, pero no la encontré. Busqué y busqué durante bastante rato (a mi parecer pasaron varias horas, aunque seguramente fue mucho menos tiempo) pero no di con ella. Me dejé caer bajo una arboleda, al borde del llanto y sin saber muy bien que hacer. No tenía fuerzas para seguir caminando, no tenía móvil y era demasiado tímida y orgullosa como para acercarme a extraños y admitir que me había perdido. Así que me quedé allí sentada, tragándome las lágrimas que luchaban por salir y ahogando los sollozos lo mejor que podía. Seguramente mis esfuerzos solo hacían más evidente mi situación, pues varios curiosos me miraron mientras pasaban frente a mí. Nadie se detuvo ni avisó a la policía, solo cuchichearon. Y yo estaba cada vez más nerviosa y angustiada, con la vista fija en el suelo y casi hiperventilando.
— ¿Estás bien? — Aquella voz masculina hizo que levantase la vista casi automáticamente.
Frente a mí, inclinado ligeramente, se encontraba un chico, mirándome con cara de preocupación. No debía de tener más de quince o dieciséis años y lo que más llamaba la atención de él nada más verle eran sus rasgos asiáticos. Era delgado y alto, tenía el pelo castaño, liso y revuelto, con varios mechones a modo de flequillo lateral que le cubrían las cejas. No se podía decir que lo tuviese corto, pero tampoco llegaba a tenerlo largo. Su rostro, de rasgos suaves y juveniles, podría haber encandilado a cualquiera. Ni siquiera su pequeña nariz, con una marcada protuberancia en el puente, parecía fuera de lugar. Sus ojos estaban cubiertos por unas lentillas de color azul (¿o eran violetas? Ahora mismo no puedo recordarlo con claridad). En sus orejas varios pendientes de plata diminutos brillaban a la luz del sol. Era guapo. Muy guapo. En aquel momento solo pude pensar que se trataba de un ángel.
—Me he perdido — confesé, avergonzada, tragándome todo mi orgullo de golpe.
Sentí como el corazón se me paraba un milisegundo, para luego comenzar a latir con violencia cuando me sonrió y se sentó a mi lado. Ni siquiera sé de donde saqué las fuerzas para responder. Estaba encandilada. Él charló un rato conmigo y, finalmente, me ofreció su móvil. Mis manos temblaron mientras marcaba el número de teléfono de mi tía. Sus histéricos gritos traspasaron el auricular en cuanto escuchó mi voz. Me sentí fatal por haberla preocupado, por suerte no estaba muy lejos de donde nos encontrábamos.
—Gracias…. — Le dije al chico mientras le entregaba el teléfono tras finalizar la llamada. Fue entonces cuando me di cuenta de algo: No le había preguntado su nombre — Esto… ¿Cómo te llamas?
— ¡Ah, sí! Perdona…. Me llamo Kei — respondió, sonriendo nuevamente. — ¿Y tú?
— Aradia — respondí, algo avergonzada. Mi nombre, al no ser precisamente normal, había resultado objeto de burlas en numerosas ocasiones, por eso solía decirlo con la boca pequeña y casi en un susurro.
— ¡Vaya! Que nombre más chulo…. — No pude encontrar ni un ápice de maldad en su voz, solo asombro y jovialidad. Estaba siendo sincero. Eso me reconfortó bastante.
Kei se encargó de acompañarme hasta donde encontraba mi tía, que casi me mató del abrazo que me dio y quién se deshizo en agradecimientos con el chico. Insistió en invitarlo a comer y, pese a que él no estaba muy convencido, finalmente accedió a las insistencias de tía Erina. Esa mujer llegaba a ser tremendamente convincente si se la dejaba.
Esa fue la primera vez que vi a Kei Montenegro. Por suerte -o por desgracia para mí-, sería la única vez que hablaríamos de forma tan natural y relajada.
Siete meses después de aquel incidente descubrí que era un nuevo cantante al pasar frente a una tienda y ver su disco en el escaparate. Desde aquel día no pude evitar irme obsesionando con él. Compraba todos sus discos, coleccionaba las revistas en las que salía, iba a todos los conciertos que podía, compraba su Merchandising, intentaba asistir a los eventos… Incluso formaba parte de los fundadores de su club de fans, con el carnet de socia número cuatro.
Tía Erina no decía nada. Sabía que mi fijación por él había empezado mucho antes, aquél día de primavera en el parque del Retiro, cuando me perdí. A veces comentaba algo, pero no insistía mucho en el tema. Mis amigos también se habían acabado acostumbrando a ello, pese a que nunca le había contado a nadie lo que había ocurrido.
Volví a tenerlo cara a cara algunas veces más, en varias firmas de discos y en un concierto íntimo, con aforo limitado a doscientas personas. Él no me reconoció y si lo hizo, no dio muestras de ello. No lo culpo. Habían pasado años desde nuestro primer encuentro y yo había cambiado demasiado. Ya no era la niña de pelo negro y mirada inocente. Ahora era una joven de ojos azul aguamarina que se teñía el pelo de colores raros, con las orejas llenas de pendientes y cuyos colores favoritos a la hora de vestir eran el negro y el morado. Pero él seguía exactamente igual a como lo recordaba, quizás algo mayor. El único cambio notable era el color de su pelo, que variaba según el año. Por lo demás, seguía poniéndose lentillas de colores, anillos en los dedos pulgar, anular y corazón. Llevando pequeños pendientes de plata en las orejas y vistiendo con ropa casual y rockera.
Pese a todo, algo en mí se removía con tristeza. Quizás era el recuerdo de aquel día, pidiendo a gritos volver a hablar con él como en aquella ocasión, sin la presión de la fama sobre nosotros. O quizás era el dolor de la posibilidad de que él no se acordase de aquella niña perdida a la que ayudó.

Intro: Leyenda

<<Cuenta una antigua leyenda japonesa que un hilo rojo invisible conecta a todas aquellas personas que están destinadas a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo puede estirarse o contraerse, pero nunca se puede romper. Es una muestra del vínculo que existe entre ellas. >>

miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo- 6


6- "confío en tí, Luca"

- ¡Ya se lo he dicho! - repliqué con tono exasperado, mirando a la mujer fijamente. Había perdido la cuenta de las veces que le había repetido lo mismo - Fuimos a por el inhalador de repuesto para Fiorella.
Me encontraba en el despacho de Miranda Meyers, la rectora de Noraltto, sentado frente al escritoriode aquella mujer fría y seria, que se negaba a creer mi versión de los hechos. ¿Cuanto tiempo llevaba observándome con dureza y reclamándome una explicación distinta? Quizás cerca de una hora o dos. No lo supe con certeza. En aquel momento el tiempo se me hacía eterno.
- ¡Eso no explica qué hacía usted en la habitación del señor di Medici a altas horas de la noche con su hermana! - Espetó la mujer, dando un sonoro golpe sobre la mesa. Di un bote. 
-¡Ya le he dicho que me la encontré fuera de la habitación, en el pasillo! - repetí yo, bastante molesto, ciñéndome al plan que había elaborado minutos antes en mi cabeza. Por nada del mundo iba a delatar a mi compañero de cuarto. No era un soplón.
-¡La señorita di Medici no dice lo mismo así que ahórrese las mentiras, señor Sazzio! - La señora Meyers parecía fuera de sí. ¿En serio nadie le dijo a esa mujer que necesitaba ir a terapia para el control de la ira? O, al menos, que tomara valiums. Siempre estaba gritando, joder... - Digame la verdad. ¡Ahora!
Suspiré profundamente. En aquel mismo instante supe que no tnía escapatoria alguna. Seguramente me expulsarían de Noraltto por aquello. Irónico. Los profes pasaban de todo y en aquellos últimos años yo me había tirado a las tías que me había dado la gana sin ningún tipo de problema (si exceptuamos las peleas con novios o exnovios furiosos o las miradas de odio y reproche. Incluso creo recordar que le rompí el corazón a más de una... ¿que mas da?), pero para una vez que no le había tocado un pelo a la susodicha me iban a expulsar... Pensádolo detenidamente, creo que una de esas chicas fue la sobrina de la rectora. ¿Le rompí el corazón, quizás? Entonces, ¿Aquello qué coño era? ¿Una jodida venganza? Genial. De puta madre. Adoro mi suerte.
Me resigné a mi desalentador futuro. Estaba a punto de abrir la boca para confesar algo que no había hecho cuando la puerta se abrió de golpe. Al principio la señora Meyers parecía a punto de asesinar al intruso por ni siquiera dignarse a llamar antes pero, nada más dirigir la mirada al recién llegado su expresión cambió a una de sorpresa y pavor. Se quedó blanca como la tiza. Aquello me extrañó. Esa mujer solía infundir miedo y ser famosa por no temerle a nadie. A nadie excepto quizás a...
-Señor di Medici... - murmuró, con a penas un hilo de voz. Yo me giré y me encontré cara a cara con los ojos de Dimitri di Medici. ¡mierda! ¡Lo que me faltaba! El padre de Fiorella y jefe de mis padres. Ahora si que la había cagado pero bien. - ¿A que se debe este honor?
Fui a levantarme para saludar pero él me indicó que no me moviese. Dimitri di Medici era un tipo alto y delgado, de ojos claros y pelo negro, con perilla, porte distinguido y maneras, por lo general, refinadas y estudiadas. Las mujeres solían catalogarlo con adjetivos como atractivo, interesante, encantador y seductor. Aparentaba menos edad de la que realmente tenía e imponía mucho más respeto del que os podáis imaginar jamás. 
-¿¡"A que se debe este honor"?! ¡No es ningún honor. Casi matan a mi hija! - Bramó, enfadado. La rectora no se movía. Tampoco intentó decir nada. se había quedado totalmente cogelada del miedo. No me extrañaba nada. - ¡Y para colmo llego y ¿que me encuentro? ¡Al guardaespaldas personal de Fiorella siendo interrogado como un vulgar delicuente!
¿¡Acababa de decir "guardaespaldas personal"!? Aquello no era bueno. Nada bueno. Si Dimitri di Medici había dicho aquello era porque Fiorella le había hablado de nuestra conversación. Mierda. Ahora sí que no me podía negar. No a él. No se le podía decir que no al tipo que controlaba todos los negocios turbios y estaba metido dentro de las altas esferas del país. Y mucho menos si el asunto tenía que ver con la protección y seguridad de su querida y preciosa hija. Definitivamente estaba jodido.
- Quiero hablar a solas con el chico. - Sentenció él. Un escalofrío cruzó mi espalda - Fuera. Ahora.
A la rectora Meyers le faltó tiempo para abalanzarse sobre la puerta y salir de allí lo más rápido que pudo. Dimitri lanzó un profundo suspiro y se sentó frente a mi, desabrochándose la chaqueta. Su mirada, antes dura, parecía haberse relajado considerablemente. 
-Ha pasado mucho tiempo, Luca... - me dedicó una sonrisa amable que yo correspondí como pude. Ese hombre daba miedo. 
-Me alegro de verle, señor di Medici - dije, tras unos segundos sin lograr encontrar mi voz. 
- En primer lugar he de agradecerte que le hayas salvado el cuello a mi hija... - Tragué saliva. Temía que él también pensase que me la había tirado. Aunque técnicamente lo había hecho...hace años. - Fiorella me ha contado su extraña petición. He de decir que me sorprendí bastante. 
- yo también me sonprendí cuando me lo pidió, señor - intenté aparentar tranquilidad, pero por dentro estaba cagado. Con una simple mirada aquel tipo podía hacer que me degollasen allí mismo y nadie podría impedirlo. - No supe bien que decirle...
- Al parecer, según Ella, no puede confiar en nadie más. Y visto lo visto la protección de María, aunque excelente, ya no es bastante. - soltó una pequeña risa irónica - Me alegro de haberla enseñado tan bien. 
-Su hija no es idiota. Sabe cómo guardarse las espaldas. - dije, acomodándome en el sillón. 
-El caso es, Luca... que no sé si esta vez ha hecho buena elección ... -Su voz adquirió un matiz serio que no me gustó un pelo - Eres un buen chico, Luca. Me caes bien. Eres inteligente, fuerte, siempre vas de frente y sabes bien lo que quieres y como conseguirlo. Admiro esas cualidades en las personas. 
- Gracias señor... - Esperaba al "pero". Siempre había un "pero" y en el caso de aquel mafioso ese "pero" podía llegar a ser la diferencia entre seguir vivo o estar bajo tierra.
- Pero llevas fuera del negocio varios años - Contuve la respiración - No me malinterpretes...nadie te lo tiene en cuenta. Aún no estabas dentro y decidiste no entrar en esta vida. Muchos otros antes que tú han tomado la misma decisión y no les ha ido nada mal. Son cosas que pasan. Nadie iba a obligarte a hacer algo contra tu voluntad, pese al enfado de tus padres era tu vida... 
Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y se colocó uno en los labios. Buscó con ahínco su encendedor. Antes de poder dar con él, yo ya estaba ofreciéndole el fuego del mío como buen perrito faldero.
-Ah, gracias...- murmuró prendiendo el cigarro y dándole una extensa calada. Tras soltar el humo lentamente siguió hablando. Se me hizo eterno - El caso es...que si vuelves será por todo lo alto. Tu deber será proteger a mi hija a costa de tu propia vida. Cada herida que se haga, cada lágrima que derrame, cada paso que de...será todo cosa tuya. Estará bajo tu protección y eso significa que si le ocurre algo será tu responsabilidad. Ya no habrá vuelta atrás. Estarás dentro del negocio y de la familia, al igual que lo están tus padres y tu hermana. No podrás salirte, a no ser que lo hagas con los pies por delante y no consentiré ni un jodido error por tu parte porque de ello depende la salud de Fiorella. Y como acabe muerta o en el hospital créeme que seré yo mismo el que te meta un tiro en la cabeza. ¿Ha quedado claro?
En ningún momento alzó el tono de voz. Hablaba con tranquilidad, como si la conversación fuera sobre la subida de los impuestos y no sobre asesinatos y muertes. A esas alturas yo tenía la carne de gallina, totalmente erizada, el corazón me latía con violencia, me costaba tragar y el esfuerzo que estaba realizando para aparentar el mismo aplomo que Dimitri tenía era descomunal. 
-Totalmente claro, señor - Respondí, con la mayor firmeza y claridad de pude. Mi voz sonó algo más aguda de lo normal. 
-Bien...Al parecer Xandro y Ella te tienen cierto aprecio... - Murmuró, volviendo a darle otra calada a su cigarro - No me gustaría tener que matar al amigo de mis hijos...Confío en tí, Luca, no hagas que me arrepienta. 
Se puso en pie, me dio unos golpecitos en el hombro y salió por la puerta. Yo me obligué a seguirle, aún acojonado. Inspiré profundamente antes de salir del despacho. 
Una vez fuera la escena era bastante usual en situaciones como aquella. La mujer de Dimitri abrazaba a Ella con el susto reflejado aún en sus atractivas facciones, Mientras Alessandro y Sofía, su hija menor, intentaban calmarla sin mucho éxito.
Viendo a Aria di Medici estaba claro de donde habían sacado la belleza sus dos hijas. Para empezar no tenía nada que envidiar a las otras madres de por allí. La mayoría de ellas estaban tremendamente delgadas, operadas o pasadas de gimnasio (y muchas veces las tres cosas a la vez). La señora di Medici era una imponente mujer pelirroja con increíbles curvas y rasgos felinos por la cual muchos hombres matarían. Amén a su talla de sujetador. Seguramente se habría operado pero, ¿que mas daba? Seguía estando tremendamente buena. Aunque yo seguía prefiriendo a su hija. Cosas de la edad y eso...
-¡Luca, querido! - Nada mas verme corrió hacia mi como alma que lleva el diablo y me abrazó. Puede que con el resto del mundo fuese más distante, pero con su familia y con algunos afortunados era cariñosa y maternal. - ¿Estas bien? ¿Te has hecho daño? ¡oh, dios santo! Ese corte en el brazo no se ve nada bien... ¿Seguro que te han curado o te han puesto la venda de cualquier manera?
Xandro se reía con Sofía tras su madre y Dimitri había curvado ligeramente los labios. Era como si el tiempo hubiese retrocedido varios años.
-estoy bien, tranquila... - murmuré algo azorado. Maternal o no, aquella imponente mujer imponía, valga la redundancia - Me alegro de verla, señora di Medici.
-¡Oh, por favor! Ya sabes que odio que me digan señora. llamame Aria, Luca. ¡Aria! - Yo esbocé una sonrisa y asentí ligeramente.
-Querida, deberíamos irnos... - dijo, de pronto, Dimitri. Ella se giró levemente y asintió.
-Si, por supuesto. -Se dirigió a sus tres hijos y les besó con cariño. -Cuidaos mucho, ¿vale? Les daré recuerdos a Carlo de vuestra parte... Luca, cuida de Fiorella, por favor...
Yo asentí pesadamente. En los labios de Ella se formó una sonrisa de triunfo y autosuficiencia. Mierda. Estaba muerto.

Capítulo- 5


5- Responsabilidad

Las dos semanas siguientes fueron un jodido infierno para mí. Fuera a donde fuese tenía a María Sforza y Fiorella di Medici vigilándome. Aunque ni tan siquiera estuvieran allí yo sentía sus intensas miradas clavándose en mi cogote. Hasta soñaba con Ella y sus amenazas. Tenía claro que me iba a negar pero, al parecer, el plan de la chica era acojonarme hasta que aceptase. 
Era jueves por la noche y me encontraba en la puerta de mi dormitorio, en pantalon de pijama, sin parte de arriba y cagándome en todos los muertos de Tom, mi compañero de habitación provisional. No es que tuvieramos compañeros de habitación. En realidad quienes más dinero pagaban a la academia, entre ellos yo 8mejor dicho, mi abuelo), teníamos habitaciones individuales. Pero, por desgracia, uno de los baños de la zona se había jodido y había afectado a varias de esas habitaciones, así que nos habían rehubicado. ¿El problema? Que los profesores y encargados pasaban de lo que nosotros hacíamos, lo que se traduce en noches de sexo (y algunas mañanas y tardes también, para qué mentir). Y precisamente por eso Tom me había echado a patadas. 
Aporreé la puerta, gritando que estaba medio en bolas y asegurándole que como no me dejase coger mis cosas le metería la cabeza en el váter. Al parecer no se tomó muy en serio mi amenaza, porque lo único que hizo fue abrir la puerta lo justo para tirarme una camiseta de manga corta a la cara y volver a cerrarla. no me golpeó de milagro. Lo pimero que pensé fue en pedirle ayuda a Jack. La idea se borró de mi cabeza al recordar que tenía novia formal y que seguramente estaría con ella.También pensé en llamar a Xandro para pedirle el favor, pero obviamente no tenía el movil. Suspiré y decidí arriesgarme. Caminé hasta su habitación mientras me ponía la camiseta (negra y lisa. al menos era de las mías y estaba limpia. Un detalle por parte del cabrón de Tom). Llamé un par de veces y comencé a mirar mis pies descalzos con aburrimiento mientras esperaba. Casi me muero del susto al ver una melena pelirroja frente a mi.
-¿Que quieres a estas horas, Luca? - Fiorella me miraba fijamente, con cara de pocos amigos y un pijama adorable de búhos. La miré asombrado, casi sin saber qué decir.
-¿Está tu hermano? - dije, finalmente, aún sin reponerme del asombro. Me temía lo peor. 
-No. Y no me preguntes donde está porque no quiero saberlo. - sentenció, con cara de repelús. - ¿Para que lo buscas?
-Mi "adorable" compañero de cuarto provisional me ha echado para poder tirarse a la novia a gusto. -Ironicé - Necesito un sitio donde poder dormir.
Ella se apartó de la entrada, indicándome que podía pasar. No me lo pensé dos veces. Lo último que quería era que la chica cambiase de idea.
- ¿Y tú que haces aquí? - Le pregunté dejándome caer sobre un sillón mientras veía como ella cerraba la puerta intentando no hacer ruido. - No me digas que te ha pasado lo mismo...
-Pues sí. Y por lo que veo echar a alguien dejandole a penas tiempo para que coja su neceser es algo de lo más común por aquí. - Estaba irritada.
-Lo mío es peor. Yo he tenido que rogar para que me dejasen entrar a coger una camiseta. Y por si te interesa, no me han dejado. Me la han lanzado a la cara y casi me como la puerta cuando la han vuelto a cerrar.... 
-Puedes quedarte aquí. - Afirmó la chica, miertras iba de aquí para allá, buscando algo por los cajones de su hermano - La habitación no es pequeña y hay una cama bajo la principal - cada vez parecía mas desesperada y frustrada. Finalmente no pude contenerme y le pregunté que narices estaba buscando con tanto ahínco.
-Mi inhalador. Creí que me lo había traído o que Xander tendría el suyo por aquí, pero no encuentro ninguno de los dos... - ambos mellizos eran alérgicos a mil tipos de plantas distintos y a los ácaros del polvo, así que siempre tenían ventolín y pastillas de la alergia a mano para combatir los efectos - Tendré que ir a buscar el de recambio. 
-Está bien, yo te espero aqui y...- comencé a decir. Ella me miró enfadada.
-¡De eso nada! ¡Tu te vienes conmigo! -sentenció - tengo que ir a mi habitación individual y necesito que vigiles que nadie nos vea o que no me pase nada por el camino. 
-¿En que momento acepté protegerte, pelirroja? Dije que me lo pensaría, no que lo hiciera. 
-¡Dejate de gilipolleces, Luca, sabes perfectamente que necesito ese medicamento! - Estaba despeinada, me miraba fijamente y se había acercado a mi rostro con gesto amenazante. Se le notaba el enfado a la legua, tanto en su frío tono de voz como en sus ojos ardientes. Pero yo no podía más que tener unas ganas enormes de reír y achucharla. ¿Cómo podía pretender que me tomase en serio su mirada asesina con ese pijama tan adorable de búhos?.
Finalmente accedí a acompañarla cuando me amenazó con degollarme con las tijeras de cortar papel. (algo de lo que Ella era muy capaz y, aunque no sabía si podría lograrlo, no quise tentar a la suerte). El pasillo estaba tan silencioso que se podían escuchar perfectamente nuestras respiraciones y nuestros pasos. Sabía perfectamente donde estaba su habitación, más que nada porque la mía no quedaba lejos de la suya. Pero poco antes de llegar, y debido a una de mis bromas sin gracia, nos enzarzamos en una absurda discusión entre susurros que iban subiendo poco a poco de tono. 
Todo ocurrió tan rápido y estábamos tan metidos en nuestra estúpida disputa, que no lo vimos llegar. No recuerdo gran cosa, solo escuchar un gran estruendo y saltar sobre Fiorella para protegerla. Había escuchado tantas veces aquel sonido que mi cerebro lo había reconocido casi al instante. La bomba destrozó la habitación de la chica y varios trozos de gravilla y muebles rotos nos alcanzaron, provocando varios cortes y algunos golpes. Una intensa polvareda lo envolvía todo. No tardaron en venir alumnos y profesores para ver que había sido aquel estruendo.
Los profesores casi se mueren del susto al vernos heridos. Sobre todo por, Fiorella, a quién había empezado a darle un ataque de asma. Como los inútiles de los profesores no sabían qué hacer me metí de lleno en el núcleo de la explosión y comencé a buscar entre los escombros el inhalador de repuesto. Tuve muchísima suerte. Eso fue lo que pensé al ver el cachivache bajo un par de tablones enegrecidos. Lo limpié un poco con la camiseta antes de acercarme a Ella y obligarla a utilizarlo. 
Clavó sus ojos pardos en mi y murmuró un gracias casi sin fuerzas. Y en ese momento supe que había aceptado su petición de protegerla y ayudarla a encontrar al culpable. Ahora ella era mi responsabilidad.

Capítulo- 4


4- El Chantaje de Rosanera

- La Emperatriz te ha vuelto a mirar, Luca - Me murmuró Jack Miller, intentando disimular el gesto. 
Nos encontrábamos en la hora de la comida, en el restaurante de la academia. Si, la jodida academia era tan puntillosa que teníamos restaurante propio. La cafetería solo se usaba a la hora del desayuno y en horas libres o cuando no apetecía ir a clase. E incluso en esos momentos muchos ni la pisan. Sea como fuere cada cual se sienta con sus amigos o, como mucho, con gente de su grupo social. Por desgracia aquellos perfiles elitistas del institutos se seguían manteniendo en la Academia Norette y obviamenteera improbable que aquello cambiase a corto o medio plazo.
En mi caso me había sentado con los mismos de siempre: Jack Miller, hijo de un político vendido y amante del dinero, Tom Welles, primogénito de un mafioso de segunda y Carla Ambrosio, cuyos padres habían evitado la carcel a tantos tipos de dudosa reputación que no sabía siquiera si podrían dormir tranquilos por las noches (aunque seguramente su enorme sueldo les compensaría). No es que fueran unos santos, pero al menos eran de los mas respetables de por allí y no se metían en mi vida. 
- ¿Llevas la cuenta? - No miré a mi amigo al hablar, solo seguí pendiente de mis tallarines de queso.
-No, pero es extraño - setenció Carla, mientras mordisqueaba su ensalada. Cada mes le daba por algo distinto, éste era el mes del vegetarianismo. El pasado le había dado por los abrigos de piel. - Quiero decir...Ella di Medici nunca te había mirado antes...
Reprimí una risa irónica. nadie en aquel lugar estaba al tanto de mi pasado con Ella, cosa que agradecía profundamente. Cualquier otro hubiese matado por poder alardear de una relación así con aquella chica, pero yo no. Su indiferencia hacia mi hacía mucho mas sencilla mi vida en aquel lugar, además, no quería morir a manos de Xandro. Apreciaba demasiado mi vida como para eso
-Ahora le está cuchicheando algo a Sforza y ambas te miran - Miré a Tom, frunciendo el ceño. Ella solía sentarse con sus hermanos, su prima y su guardaespaldas personal. Éste no me miró, pero levantó el rostro hacia algo tras de mi, obligándome a girar la cabeza.
Me extrañó mucho ver a María Sforza clavándome sus ojos azul verdosos con fría y seria intensidad. Carraspeé y le dediqué una leve sonrisa. Ella no se inmutó. Se inclinó levemente sin dejar de mirarme y sin cambiar el gesto.
-Tú, Sazzio, sígueme - Dijo con firmeza y brusquedad. Carla iba a replicar algo pero yo no la dejé. Les hice una señal de calma a mis amigos y me levanté tranquilamente de mi silla.
Seguí a María fuera del comedor. Mientras caminaba miré ligeramente hacia la mesa de los di Medici. Vi a Sofía y Xandro hablando con Tatiana, pero ni rastro de Ella. Mala cosa. María se giró para lanzarme una mirada que yo interpreté como una señal para que acelerase el paso. Esa mujer me daba miedo. Era quien que mas confianza tenía con Ella, algo así como una mezcla entre su dama de compañía y una guardaespaldas. Lo sabía todo de la chica y, por desgracia, también lo sabía todo de mi. Y yo no le caía precisamente bien. Me llevó hasta un pasillo vacío y me obligó a detenerme. No se lo confesaré jamás a nadie pero en un principio pensé que iba a matarme.
- Espera aquí, Sazzio - me dijo con un tono de voz molesto - Fiorella vendrá en un momento...
Esa chica era la única mujer que conocía fuera de su familia que tenía ovarios a llamarla Fiorella y que aún no había sufrido las consecuencias. De hombres aún no había conocido a ninguno. Se marchó de allí con paso firme, haciendo que sus tacones resonasen en el lugar. A penas pasáron unos segundos desde que la perdí de vista cuando Ella di Medici apareció por el otro extremo del pasillo.
-Luca...- dijo, a modo de saludo. su tono de voz era tranquilo, relajado y cordial, aunque había algo en todo aquello que no me gustaba nada.
-Ella...- mi respuesta llevaba el mismo tono que su saludo. Le dediqué una leve sonrisa mientras me recargaba contra la pared y metía las manos en los bolsillos. - ¿Que se le ofrece a Rosanera de un renegado?
A nadie se le ocurriría bromear con ella y su apodo de la mafia de aquella manera y mucho menos en mi situación. Pero, como ya os he dicho, soy un tanto gilipollas y suelo jugarme el cuello cuando no debería. Me gusta vivir al límite. Está claro que me faltan unos miles de neuronas.
- Me temo que nada agradable, Luca..  - Por extraño que parezca, sonreía con acritud, intentando seguirme la broma. Yo la miré, incitándola a seguir hablando - Necesito tu ayuda.
Parpadeé varias veces intentando asimilar sus palabras. ¿Mi ayuda? ¿En serio? Imposible. Fuera lo que fuese en lo que me necesitaba debía de bromear. Ella era mejor que yo en casi todos los aspectos, excepto en meter la pata, cagarla, complicar las cosas y buscase problemas. En todo eso yo era el rey del lugar. Pareció ver la incredulidad reflejada en mi rostro, porque no me dejó abrir la boca y volvió a hablar.
- Puede que pienses que estoy de broma pero lo digo en serio - se acercó mas a mi. Su perfume a fresa me golpeó con fuerza y causó que mis sentidos se pusieran alerta de golpe - Alguien está intentando matarme.
- Matarte. A tí - repetí. Seguía flipando. - A una de los hijos de los di Medici. A la Emperatriz de Noraltto. A....
-Si, vale Luca, creo que ya he captado tu punto de vista - afirmó, seria, cruzándose de brazos y con una mueca de disgusto en la boca. Su mirada parecía arder de frustración - Mira, piensa lo que te de la gana, pero durante los últimos meses me he librado de tres coches bomba, dos falsos intentos de robo en casa y varios tiroreos. Y por desgracia mi precioso cuerpo ha quedado marcado con unas cuantas cicatrices.
-Las cicatrices son sexies. Seguro que en ti quedan mas sexies aún - afirmé, sonriendo de manera seductora. Como ya he dicho soy un gilipollas y un ligón. No puedo remediarlo. A ella obviamente no le hizo ninguna gracia.
- Hablo en serio, imbecil - escupió, apartandose un mechón de cabello del rostro. Se subió la blusa. Tenía el torso totalmente vendado.
Me puse serio y mi cuerpo se tensó al ver aquello. Puedo ser todo lo cabrón que la gente quiera pero toca a alguna de las personas que me importan y juro por dios que acabarás mal. Muy mal. Y por desgracia para mi esa chica me importaba demasiado. Venenosa o no. Peligrosa o no. Futura emperatriz del crimen del país o no. Verla herida había sido peor que recibir un puñetazo en el estómago. Apreté los dientes e inspiré profundamente intentando controlar mi respiración.
-¿Quien coño te ha hecho eso? - Pregunté, mirándola fijamente. Fiorella me mantuvo la mirada, casi sin parpadear.
-No tengo ni idea. Ese es el problema, Luca, que puede ser cualquiera. - Chasqueó la lengua, molesta - Alguno de los hombres de mi padre, mis amigos, enemigos de la familia o alguna zorra celosa de la academia. Eso da igual. La cuestión es que quieren matarme y no puedo confiar ni en mis propios guardaespaldas.
-Confías en Sforza - le solté, recordando que había sido ella quien me había llevado a la reunión con la chica. Pero Ella negó con la cabeza.
- A medias. A ella solo le dije que necesitaba hablar contigo en privado. - replicó - Ya te lo he dicho, no puedo confiar en nadie. Ni siquiera en mi familia.
- Pero ellos.... -intenté decir. Ella no me dejó, Me sujetó por la camiseta y me estampó contra la pared en un solo movimiento. Sentí la furia emanar de su cuerpo. Maldita controladora...
-¿¡Que parte de "No se quien cojones intenta matarme" no entiendes, pedazo de subnormal descerebrado?! - Ahí estaba la chica por la cual me había quedado pillado hace años. Una zorra deslenguada y bestia. Sentí como volvía a estampame contra la pared. - Voy a volver a explicarlo y espero por tu bien que tu atrofiado y diminuto cerebro de insecto lo asimile: Hay un cabrón en mi circulo de amigos y/o conocidos que intenta convertirme en jodidas partículas de carne y no tengo ni puta idea de quien es el desgraciado. No puedo confiar en nadie de los que hay a mi alrededor o alrededor de mi padre.... excepto en ti.
Si. Vale. Lo había entendido. Pero no pude evitar sorprenderme al escuchar que era el único en el que podía confiar. Creí ver un atisbo de súplica y esperanza en sus ojos, pero si fue algo real se fue tan rápido como llegó. Era Fiorella di Medici. Ella no suplicaba.
-¿Puedo prenguntar el por qué de tu fe ciega en mi? - le dije, frunciendo el ceño - No me malinterpretes, pelirroja, me halagas.... - Dato random: Siempre la he llamado pelirroja. Es un apodo jodidamente sexy y ella nunca se ha quejado. Lo sé, no tengo una mierda de originalidad. - pero me resulta algo extraño ya que llevamos sin hablarnos varios años.
- Precisamente por eso, Lupo - Me respondió, sonriendo. Lupo. Lobo. ¿Cuanto hacía que nadie me llamaba así? - llevas el tiempo suficiente alejado de este mundo como para no tener ni zorra de lo que se cuece. Además dudo que quieras matarme.
- Sigo teniendo mis contactos, pelirroja...- Ignoré su último comentario. - ¿Para que quieres mi ayuda?
- ¿Acaso no es obvio? Quiero encontrar a ese tipo y matarlo. Pero necesito ayuda....y protección. - ¡Ah, no! No, no, no, no, no, no. Su sonrisa declaraba que no era una petición. Era una orden.
-Estoy fuera del negocio, preciosa - Le dije. Me costaba negarme a encontrar al hijo de puta que le había hecho daño, pero no tenía otra elección. Ayudarla sería volver a aquella vida y firmar mi sentencia de muerte todo a la vez. Comencé a caminar, alejandome de la chica - Búscate a otro que muera por ti.
Fue entonces cuando su voz hizo que me parase en seco y la mirase horrorizado.
- En ese caso no me queda otra solución que contarle a Xandro cierto temita entre nosotros....- Me acerqué a ella en tres zancadas, alarmado - Será una información muy esclarecedora....
- No serás capaz....- Aquello de chantajearme con nuestra relación fue un golpe bajo.
-Claro que lo soy.....Estoy segura de que mi hermanito escuchará con muchísima atención la historia de como me hacías gemir todas aquellas veces....- Me dedicó una amplia sonrisa. La muy zorra estaba disfrutando torturándome de aquel modo, utilizando mis sentimientos a su favor. Resoplé.
-Deja al menos que me lo piense, Ella - dije, al fin - Si me lo pienso tranquilamente, ¿Te callarás la boca?
-Si prometes pensarlo detenidamente y, al final, me dices que no.... no le diré nada a Xandro. - Sentí como un enorme alivio me invadía - Pero piénsatelo. Como me entere de que no lo has meditados sopesando la gravedad del asunto me iré de la lengua.
-Esá bien, zorra chantajista y manipuladora - respondí, al fin - Tu ganas. Me lo pensaré.
-Has hecho lo correcto, Luca.
Fiorella besó la comisura de mis labios y se marchó con paso ligero, con su cabellera pelirroja balanceándose suavemente. Yo, por el contrario, me quedé ahí plantado. Esa maldita había estado jugando conmigo, teniéndome a su merced desde el principio. Acababa de joderla pero bien

Capitulo- 3


3- Pelirroja Venenosa

Antes de seguir con mi historia creo que es conveniente explicar como conocí a Fiorella di Medici. Había oído hablar de ella toda mi vida, al igual que de sus otros hermanos, pero nunca la había visto.... hasta ese día. 
Los di Medici habían organizado una increible y lujosa fiesta por el 18º cumpleaños de su hijo mayor, Carlo, y mi familia estaba invitada. Había visto a Carlo en un par de ocasiones, en casa, acompañando a sus padres en visitas esporádicas. Inclusive había llegado a conocer a Alessandro di Medici, el hermano mellizo de Fiorella pero, como ya he dicho, a ella jamás la había visto. 
Así que allí estaba yo, un crío de once años con traje de chaqueta y camisa que se había negado a ponerse corbata, intentando parecer un adulto en una fiesta en la que me estaba muriendo de aburrimiento. Incluso teniendo a Alessandro al lado contando estupideces. En cierto momento decidimos largarnos. Nos fuimos a explorar los pasillos de la casa, buscando algo mas interesante que hacer.
No sé en que momento perdí de vista a Xandro, pero cuando me quise dar cuenta todo se había sumido en un silencio aterrador. Caminé intentando situarme, sin éxito, rogando encontrar a mi amigo y que ningún guardia me tomase por un ladrón. Fue entonces cuando la vi, apoyada en la pared y jugando con un cuchillo significativamente afilado. Su cabellera pelirroja le caía sobre los hombros como llamas de fuego y su piel blanca contrastaba imponentemente con el negro del vestido. Pese a ser solo una cría de doce años, logró que se me congelara la sangre.Me giré con intención de irme de allí, pero entonces levantó la mirada y me clavo sus ojos pardos con intensidad.
-¿Te has perdido? - preguntó, sonriendo. Intenté decir algo pero la voz simplemente no salió. Tenía la garganta seca. - Ya veo... 
Se me acercó, observándome con detenimiento, como un león acorralando a su presa. (Si, ya sé que hace poco la comparé con una pantera. Da igual. Ambos son felinos) Yo no me moví, deseando que aquello acabase pronto. 
- Eres...¿Luca Sazzio? - Preguntó, con curiosidad. Yo asentí. - Soy Fiorella di Medici, la hermana de Xandro. Pero llamame Fiorella y te mataré. Odio ese nombre. Prefiero Ella. 
-Encantado...- Dije, al fin. Desde luego Alessandro tenía razón cuando dijo que su hermana intimidaba. Yo no me podía mover. Casi agradecí escuchar la voz de mi amigo a lo lejos, mientras se acercaba a nosotros. 
- ¡Luca, por fin te encuentro! - luego se giró a la chica, mirándola con reproche - Ella, deja de asustar a los invitados. Me voy a quedar sin amigos por tu culpa. 
La muchacha lanzó una carcajada divertida y cambió la actitud. Hasta creí notar que me miraba diferente.
- Lo siento, lo siento...es divertido - Se excusó, entregándole el cuchillo a su hermano - Siento haberte asustado, Luca.
-No me has asustado -Repliqué. Primera regla de Luca Sazzio: Nunca, JAMAS, admitas estar asustado o triste o enamorado delante de tus amigos o de una mujer. Y muchísimo menos de ESA mujer. - Solo estaba sorprendido.
-Ya, siento haberte "sorprendido", entonces... - dijo Ella, con una media sonrisa divertida. 
No volvimos a la fiesta. Nos pasamos todo el rato de aquí para allá, los tres juntos, corriendo y haciendo cosas de niños. supongo que ese fue el principio de nuestra amistad.Sobre los catorce o quince años dejamos de quedar los tres y empecé a quedar con ellos por separado. no es que se llevaran mal, pero había cosas que Xandro no quería que supiera Ella....y viceversa. Además mi relación con Ella unca fue normal.
Ella era una mala influencia para cualquiera que se le acercase, pero a mi poco me importaba. Total, mi familia ya estaba metida en una vida lo suficientemente oscura para darme igual. Ibamos a campos de tiro, nos metíamos en peleas y robábamos coches solo por sentir la adrelanina recorriendo nuestras venas. Por su culpa me enganché al tabaco y con ella pillé mi primera borrachera. Jamás tocamos las drogas, pero en nuestras vidas había tantos problemas acumulados que poco importó. Además, el episodio de mi primer porro de marihuana fue con Alessandro. 
Cuando a los diecisiete decidí desvincularme de aquel mundo ambos intentaron convencerme de que no lo hiciera, pero cuando me planté y aseguré que iba en serio ninguno de los dos me lo reprochó y dejaron de insistir. Alessandro incluso me preparó una "despedida del mundo de la mafia". Me llevó a clubs de streapteise y pagó a chicas para que se "ocupasen" de mi (según él mi actitud de santurrón y virgen con las mujeres le estaba empezando a poner de los nervios). Yo fingí no tener ni puta idea de que coño había que hacer y le di el gusto para salvar mi propio pellejo. Porque como se enterase de que llevaba un año tirándome esporádicamente a su hermana me mataría. 
Que conste que lo de liarme con Fiorella no fue premeditado. Fue ella la que se me lanzó encima la primera vez, mientras practicábamos tiro al blanco. Yo la había enfadado con mi penosa habilidad apuntando, Ella insistió en enseñarme como colocar las manos...y acabó enseñandome cosas que poco tenían que ver con las Glock. Yo tenía dieciseis años, ella diecisiete. Nunca fue algo serio. Aquella relación ni siquiera era una relación propiamente dicha. Pero morder la manzana me condenó de por vida.
Cuando me largué de casa y entré a la universidad dejé de saber de ellos. Se suponía que también estudiaban en Noraltto pero en mi primer año no les vi el pelo. Regresaron al año siguiente, argumentando haberse tomado un año sabático por asuntos familiares y entrando a su segundo año de carrera. Con Xandro todo fue bien, nos seguiamos tratando, pero la cosa cambió con Fiorella. El distanciamieto fue inmediato y frío. Nunca me miraba y, si llegaba a hacerlo, sus ojos me atravesaban, como si yo no estuviese ahí.
Esa actitud me carcomía a cada momento, haciendo que me tirase a cualquier chica que podía y coquetease con todas para apagar mi jodida frustración. Y eso no solo no funcionó sino que, para colmo, causó que me volviera popular, cosa que no buscaba para nada. ¿patético, verdad? Bueno, no tengo la culpa de ser asi de gilipollas.