miércoles, 18 de junio de 2014

Lo llaman desamor

LO LLAMAN DESAMOR, LO LLAMAN SOLEDAD. 

El eco de sus pasos resuena con fuerza en las calles vacías, empapadas y grises, inundadas de recuerdos ahora carentes de sentido. 

Sin rumbo, camina sin rumbo, con el corazón herido, marchito, abandonado, perdido, ahogado, casi desamparado. 

Es como si le hubiesen clavado mil espinas en el corazón y se lo hubiesen arrancado, para luego quemarlo a lo bonzo. 

Ese nombre, su nombre, suena extraño, lejano, vacío, perdido por la ruta de la indiferencia. No le dio tiempo ha asimilarlo todo. Una tormenta ha caído sobre su alma, el frío ha matado la esperanza. 

Vuelve a llover sobre mojado. Rosas marchitas que esperan un destino. No le queda más remedio que seguir, pero todo se ha parado. Se heló el tiempo. 

 Un millón de lágrimas congeladas en los ojos, una niebla negra que envuelve su ser. Un dolor permanente y agudo, que no se va. Un tango hacia la desesperación, un taconeo angustioso mientras la negra venda de los ojos cae sinuosa, danzante, hacia el empapado suelo. 

 Por mucho que las palabras fueran amables y elegantes sigue doliendo igual. Existe, pero no vive. 

 Es curioso cómo en un instante unas palabras pueden darte la vida o hacerte caer en el más profundo de los abismos.

Esperanzas


Cerró el libro de golpe. Un mechón de cabello castaño claro rozó su mejilla. Otra historia que acababa bien, como tantas otras. Dejó el libro en el estante y concentró sus pensamientos en otra cosa..... el encargo recibido aquella mañana estaba ya colocado en sus respectivos lugares....                        
La joven suspiró y miró a su alrededor. La pequeña librería le parecía demasiado grande ahora. El teléfono interrumpió sus pensamientos.
-Librería papiros, ¿diga?- contestó monótonamente, al otro lado, una mujer preguntó por su padre-Lo siento, pero no se encuentra en este momento. Soy su hija, ¿quiere que le diga algo?
Anotó en un post-it los datos de la mujer y el libro que quería, se despidió cordialmente y colgó.
Otra llamada, la misma rutina.
-librería papiros, digame- una voz conocida....una amiga- Lo siento, pero no puedo salir.
¿no puedes o no quieres? evadió la pregunta.
-De verdad, tengo muchas cosas que hacer.......Mis padres me encargaron ocuparme este fin de semana de la librería y........
"Se por que haces esto. Te aislas por lo ocurrido." chasqueó la lengua mentalmente. Malditas mejores amigas.......
-Te equivocas, solo estoy ocupada.
"solo quieres aislarte" Y una parafernalia sobre que el rechazo no es el fin del mundo fue lo siguiente que escuchó. Y ella las creería...si no fuera porque todas las amigas que le daban esos discursitos estaban siempre muy bien acompañadas. colgó, dejándola con la palabra en la boca. No todos tienen siempre su cuento de hadas y ella no iba a seguir esperando a que algo similar a un romance apareciera en su vida de aburrida universitaria. Ya había sufrido suficiente.
Para ella cupido había muerto hacía ya tiempo. Eso era un juramento en toda regla.
La campanillas de la puerta repiquetearon obligandole ha alzar la vista. Al ver a uno de los clientes habituales le sonrió cortesmente, sin reparar en el joven que le acompañaba.
-Ah, encanto, tu padre debería atarte, ¡cada dia estas mas bonita!-
-Le agradezco su falta de honestidad..... ¿que estilo de libro le apetecería leer ahora?- sabía la metódica que guíaba al caballero.
Cada semana iba, pedía consejo sobre un genero en concreto y se llevaba el libro que la joven le recomendaba. Solo se dejaba guiar por el criterio de la veinteañera, ni por el de sus padres, ni por el de sus tíos.
-Oh!, no es para mi.....Es para él........siempre son para él.....De momento tus recomendaciones siempre han acertado y esta vez se ha decidido a acompañarme.- Señaló al joven que le seguía de cerca.
Lo que llamó la atención de la chica no fue su evidente atractivo. Tampoco le llamó la atención los ojos azules, tan claros que parecían aguados, ni esa cazadora de cuero. Lo que realmente le llamó la atención fue el modo de mirar los libros que tenía. Como si fueran tesoros recién sacados de una cueva. Como si fueran las joyas de la corona.
-Ey, muchacho! ven y preséntate- el aludido se giró y la miró directamente a los ojos. Le sonrió. Ella, algo azorada, le devolvió la sonrisa.- Es mi sobrino....
Su tío dijo algo sobre la carrera que estudiaba, pero la joven no prestó atención.
El chico escuchó atentamente mientras ella le explicaba diversos argumentos de algunos libros interesantes. A veces él la interrumpía para dar su opinión o puntualizar alguna cosa. A menudo su tío intervenía, ya que se perdía con mucha frecuencia en las explicaciones de la joven.
Se fueron con varios libros bajo el brazo y ella se quedó con el malestar de un juramento de nuevo roto. Media hora mas tarde reparó en un post-it que ella no había escrito, pues no era su letra. En él solo había anotado un número de móvil y un nombre. Sonrió para sí misma, mientras se dirigía a la trastienda con su movil en una mano y el post-it en la otra.

Lágrimas de sangre

De tanto fijarse su propia imagen había perdido todo significado. No lograba encontrarse en aquel reflejo, y mucho menos en el espejo resquebrajado por mil partes. 
No había sido queriendo, pero al intentar recuperar el equilibrio, tras un tonto tropiezo, lo había golpeado.
Empezó a tecoger los cristales del suelo, torpemente. Se cortó la palma de la mano, casi ni lo sintió. Cayó de rodillas con pesadez. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin tregua, en silencio, como una lluvia cálida plagada de melancolía. Esas viejas palabras que se habían clavado tan profundamente en ella resurgieron de su alma como la lava de un volcán en erupción. abriendo la herida que tan desesperadamente quería mantener cerrada. 
La sangre se mezcló con las lágrimas y las esperanzas muertas. Cada recuerdo se reflejó en cada uno de los pedazos del espejo. Cada "¿por qué?" no pronunciado, cada "Te quiero" sin respuesta aumentaron el llanto. Porque el amor había decidido no escucharla, dándole solo disculpas y rechazos mal elaborados. 
Se arrastró hasta el botiquín mientras apretaba una toalla contra el corte. El blanco se tiñó de rojo mientras buscaba desesperadamente algo con que curarse. Se lavó el corte, se puso algo de agua oxigenada y algodón e intentó vendarse sola la mano. Resultado: un fiasco. Como todo lo demás. Pero al menos se lo había curado sola. Recogió el desastre del cuarto de baño y fue directa a por su movil, con paso lento. Marcó un número de telefono pero no hubo respuesta. Lo intentó tres veces mas, con tres números distintos. El primero estaba apagado. El siguiente le colgó. A la tercera una voz femenina le cortó diciendo que estaba ocupada y no podía hablar.
Lanzó el movil sobre la cama con furia. Estaba cansada, muy cansada de todo Siempre el mismo cuento, la misma historia que nunca ocurre. Las mismas lágrimas de sangre.

La Caja de Música (Parte 3)

De repente, la puerta se abrió. La habitación estaba muy iluminada, a pesar de la hora que era. La luz de la luna llena bañaba el cuerpo de Elora, lleno de magulladuras e inerte en el centro de las estancia desamueblada. Dietrich corrió hacia ella con el corazón en un puño, pero se relajó al comprobar que tenía pulso y que respiraba. Intentó que reaccionase pero fue inútil. 

Un fuerte vendaval helado azotó la sala. El espectro fantasmagórico, tenebroso y amenazante de la mujer apareció frente a ellos. El chico cogió a la joven entre sus brazos para evitar que pudiera acercarse a ella. La mujer se deslizó hacia ellos, con odio permanente en la mirada. 

-¡Lárgate y déjanos en paz!-gritó Dietrich-¡Y nos iremos si así lo deseas! El fantasma rió fríamente, mas no se detuvo. 
 -¡no te acerques más!-el ser parecía ignorarlo.- ¡aléjate! ¡No toques a Elora! 

 Ante el nombre de la muchacha, el espectro retrocedió y la miró con curiosidad. Parecía sorprendida. 

-¿Elora…? - Era la primera vez que hablaba, pero Dietrich reconoció la voz. 

 -¿Sra. Balzac……?-la madre de la chica había fallecido en un accidente cuando ésta sólo tenía quince años. 

 La mujer miró al chico, perpleja. El pelo oscuro alborotado, los ojos verde jade bañados en lágrimas, la piel blanquecina más pálida de lo habitual…. 

 -Dietrich…-el murmullo del ser fue dulce, suave. Su aspecto cambió de improviso, entre una luz cegadora y dio paso al fantasma translúcido de Arienne Balzac. Era casi idéntica a su hija. De cabello castaño, con amplios bucles, de mirada amable y ojos aguamarina. De pequeña estatura, rasgos delicados y una sonrisa sincera en sus labios rosados. Volvió a mirar a la chica, que despertaba en ese instante. 

 Elora estaba confusa, no recordaba bien lo que había ocurrido minutos antes, en aquel cuarto. Miró a Dietrich, empapado en lágrimas incontrolables. Se incorporó y lo que vio la dejó pasmada. 

 -mamá…-la palabra se quebró nada mas salir de su boca. 

 -Elora….lo siento…perdóname….Solo quería que regresaras….-El fantasma se desvaneció en el aire, dejando tan solo la caja de música con forma de tiovivo en su lugar. A pesar de que parecía algo imposible, Elora hubiera jurado que estaba llorando. 

 -¡Mamá, espera!- pero ya era tarde. Había desaparecido. La muchacha cogió el tiovivo y lo abrazó con ternura. Una lágrima silenciosa le resbaló por la mejilla. 

 -será mejor que regresemos, Lora…-Dietrich se limpió con fuerza las lágrimas del rostro. 

Ella le sonrió y, sin decir nada mas, lo abrazó. Tras la sorpresa inicial, el chico le correspondió el gesto de cariño. Afuera una paleta de vistosos colores inundaba el cielo y los primeros rayos de sol golpearon sobre las montañas y bañaron el pueblo. Amanecía. 

 * * * *

 -¿Y qué piensas hacer con la casa de tus abuelos?-Dietrich estaba apoyado en la pared de la estación de tren, junto a Elora. 

 -rehabilitarla y utilizarla-contestó ella-Después de todo, solo falla la electricidad. ¿O eso también fue cosa de mi madre? 

 -No, eso es cosa de la instalación-ambos rieron-Bueno, supongo que nos veremos por Lyón…

 -¿Tú también vives allí?- 

 -¿Crees en serio que tengo suficiente dinero para ir y venir todos los días a la facultad de Derecho al precio que está la gasolina? 

 -Supongo que no…-la joven se encogió de hombros-¿aún no has terminado la carrera? 

 -No todos tenemos tu cerebro-contestó él, medio en broma 

 -Ya...bueno...Yo tampoco soy un genio… 

 -si que lo eres-insistió Dietrich, sonriendo para, a continuación, ponerse serio 

 -¿Ocurre algo?- preguntó elora al ver su expresión. 

 -Esto…Lora… ¿Crees que podríamos quedar en Lyón?- preguntó Dietrich a bocajarro- Para ir al cine….o a tomar algo…. 

 -Si, claro-Elora sintió cómo se le subían los colores- ¿Porqué no? 

El chico sonrió tímidamente y le entregó un paquete pequeño rectangular 

 -¿Y esto?- Elora estaba sorprendida 

 -Lo vi en el escaparate de la tienda de antigüedades del pueblo y pensé que te gustaría-admitió él-No lo abras hasta que estés en el tren. 

 -Gracias Dietrich- la joven le dio un abrazo y un beso en la comisura de los labios. 

 -Igualmente, Lora- contestó el aludido, viendo como la chica se alejaba.  

La muchacha se acomodó en un asiento junto a la ventanilla. Había muy poca gente en aquel tren, a penas diez personas. Tomó con cuidado el regalo del joven y lo desenvolvió con curiosidad, Era una cajita de madera, con aspecto de joyero, no muy grande y tallada a mano.
La abrió con cuidado, una agradable melodía comenzó a sonar. Elora sonrió de forma soñadora mientras contemplaba el paisaje y se dejaba embriagar por el sonido de aquella caja de música.

La Caja de Música (Parte 2)

El viento soplaba con fuerza aquel crepúsculo de finales de Julio. Las ramas de los árboles se doblaban como si fueran simples astillas, las hojas y los papeles se arremolinaban en el aire y en el suelo. Incluso las señales de tráfico y los paneles informativos parecían a punto de salir volando. El viejo tiovivo de latón no dejaba de sonar.

 -¿No puedes hacer que ese cacharro se pare?- se volvió a quejar el joven de ojos verdes, aparcando frente al antiguo caserón, todo de piedra y con un pórtico de madera y ladrillo.

-Lo siento, pero ya lo he intentado varias veces y es imposible- contestó la chica de ojos grises nacarados. 

La muchacha abrió la puerta, que emitió un chirrido de bisagras que resonó en toda la casa. Entraron cautelosamente y en silencio, roto por el eco de los zapatos de tacón de Elora. El lugar estaba lleno de polvo, las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas. El viento se deslizaba por las grietas y rendijas originando susurros fantasmales. Los muebles estaban cubiertos con sábanas amarillentas y deshilachadas y el espectro del tic-tac de un reloj se escuchaba en la lejanía, como si se encontrase en la última habitación del piso superior.

 -Esto está igual que siempre-dijo la muchacha, acercándose a uno de los muebles y quitándole la cubierta. Era un hermoso piano de madera de caoba-Aunque con algo mas de polvo…

 -No hay luz- Informó dietrich, tras pulsar varias veces un interruptor. Su acompañante asintió.

De pronto, un fortísimo ruido hizo que ambos se volvieran. La puerta se había cerrado de golpe, llevándose la poca luz que quedaba en el exterior. Se quedaron en la más absoluta oscuridad.

 -Menos mal que hemos traído linternas-dijo el chico, encendiendo la suya. Elora lo imitó-Voy a mirar en el sótano, haber si puedo dar con los conectores.

 La joven asintió y colocó la caja de música sobre el piano. Mientras recorría lentamente el salón comenzó a recordar fragmentos de su infancia. Todos los veranos los había pasado en St.Thomas, en aquella casa. Pero el año en que cumplió los quince ocurrió esa tragedia que la marcó de por vida y desde entonces se negó a volver a aquel lugar.

 Algo llamó su atención de repente. Era un antiguo baúl, situado en una esquina de la estancia. Al contrario que el resto de mobiliario no estaba cubierto con nada y, aun así, no tenía ni una mota de polvo. Se acercó lentamente, extrañada. Se inclinó sobre él y se dispuso a abrirlo. Entonces se quedó rígida, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Acababa de sentir una mano helada sobre su espalda. Se giró sobresaltada, con el corazón desbocado.

 -lo siento, no pretendía asustarte-dijo Dietrich-los plomos está fundidos, no tenemos más luz que la de las linternas.

 -Tienes las manos heladas,¿lo sabías?

 -¿en serio? ¿Cómo lo sabes si ni te he rozado?

 - No bromees con esto-la chica chasqueó la lengua-No eres convincente.

 -Te digo la verdad, Lora. Tengo las manos calientes- el chico le tocó la mejilla. Efectivamente, era un tacto cálido.

 -Entonces… ¿qué es lo que yo he sentido?

 -Quizás es que hay…-

 -¡No lo digas!

 -…Fantasmas-terminó el joven, con una mueca burlona, luego miró el baúl

 -no lo había visto en mi vida- dijo la joven, leyéndole el pensamiento e inclinándose nuevamente sobre él.

Lo abrió. Estaba repleto de cajas de música de todos los tipos y tamaños. De diferentes épocas, de distintos materiales.

 -Esto debe de ser una broma-dijo Dietrich-¿Es cosa tuya, Lora?

 -¿Quién es ahora el escéptico? –Inquirió la aludida-Por cierto…¿esto no está muy tranquilo?

 -Si…la caja de música ha dejado de sonar…-murmuró el joven. En ese instante unas notas melancólicas empezaron a brotar del piano. Las teclas estaban siendo pulsadas y la triste melodía inundaba el lugar, poniendo los pelos de punta a los dos amigos. Allí no había nadie más a parte de ellos.

 -Lora…El piano se ha encendido solo… ¿tiene función automática?

 -No seas idiota…..es demasiado viejo para eso….-  Sus voces estaban quebradas. No querían girarse. No querían mirar.

Un incómodo nudo se encargó de dificultar el paso de saliva por la garganta. La respiración de ambos se agitó. A Elora comenzaron a temblarle las piernas. Entonces las cajas de música se accionaron a la vez y salieron flotando del baúl. Se escuchó una risa macabra que fue adquiriendo gradualmente un tono infantil. Como una voz en off demasiado inquietante. Los dos jóvenes caminaron lentamente hacia la puerta, pegados el uno al otro y más blancos que la cal.

Súbitamente las cajas de música se lanzaron contra ellos, estrellándose algunas contra la pared y otras alcanzando a sus objetivos. Los chicos se tiraron al suelo a la vez. Dietrich gateó hasta resguardarse bajo una mesa. Elora subió las escaleras como bien pudo. El joven respiró hondo y tragó saliva. Eso no era exactamente lo que había pensado que ocurriría. Esperaba que Elora llevase la razón, que no hubiera fantasmas. Se lo restregaría por la cara y poco más, pero esto escapaba a sus conocimientos.
El chico notó un frío antinatural junto a él y se giró. Lo que vio lo dejó paralizado, sin poder moverse ni articular palabra. Con los ojos y la boca desencajados. No podía ni pensar. Delante de él, a gatas, estaba una mujer de piel del color del papel, casi translucida, ojeras muy pronunciadas y cabello largo, castaño claro y empapado. Le miraba con sus ojos enfurecidos, fijamente, sin pestañear. Sus labios se despegaron y emitió un chillido agudo de dolor.

Cuando Dietrich parpadeó, ella ya no estaba, pero seguía sin poder moverse del miedo. El grito de terror de su amiga le hizo reaccionar. Corrió torpemente escaleras arriba. Los gritos de la chica provenían de la cuarta puerta por la izquierda. El joven forcejeó desesperadamente con el pomo, pero estaba cerrada con llave. 

-¡No! ¡Aléjate de mi!-las palabras de ella le perforaban los oídos. - ¡Déjame!

 -¿¡Elora, estás bien!?- Era una pregunta estúpida-¡Abre la puerta!

 -¡No te me acerques! ¡Vete!- ella parecía no oírle

 -¡Lora, ábreme!- Dietrich golpeaba con fuerza repetidas veces la puerta cerrada mientras las frases desesperadas de la chica se le clavaban en la mente y el corazón como puñaladas traperas.

 A cada grito, a cada palabra, mayor era el dolor. Tenía las manos rojas y resentidas de tanto golpear la puerta. Y llegó al extremo de llorar lágrimas de rabia e impotencia, angustiado por no poder hacer nada por la chica.

La Caja de música (Parte 1)

Elora despertó ante la luz cegadora que entraba por la ventana de la habitación del hotel. Había dormido bien. Demasiado bien, la verdad. Esa había sido la primera vez en los últimos meses que no se había accionado la antigua caja de música en plena noche. Y es que, desde que la recibió, junto con la llave de la casa de sus abuelos, no había habido una sola madrugada en la que no hubiese sonado aquella melodía infantil, junto con el movimiento de las figuras. 

La caja de música ni siquiera era una caja, era un viejo tiovivo de latón con un mecanismo arcaico para hacerlo funcionar al darle cuerda. Pero Elora no le había dado cuerda y, pese a todo, la música sonaba y el tiovivo giraba. Un día, cansada de todo aquello, hizo las maletas y se fue a St.Thomas, un pueblecito cercano a Lyón, hogar de sus abuelos maternos. Pese a haber heredado la casa de éstos, la muchacha prefirió hospedarse en el rústico y pintoresco hotel, regentado por una amiga de su madre. 

Aquella mañana no hacía calor, pese a estar en pleno verano. La joven bajó a desayunar temprano, con un libro entre las manos. El olor a tostadas y café recién hecho inundaba el ambiente. Nada más entrar al comedor, las pocas personas que se encontraban allí la miraron con ojos curiosos. 

 -Veo que ya estás despierta -Dijo la dueña del hotel, acercándose-Puedes sentarte por aquí, junto a la ventana. 

 -Gracias, Sra. Marceau-contestó la joven, acomodándose en la silla.

 -Llámame Carol, querida. ¿Quieres tostadas o crêpes con el café con leche? 

 -Crêpes mejor, por favor 

 La mujer sonrió y se alejó. Poco después, tras desayunar, una voz la sacó de su lectura. Un joven más o menos de su edad se había sentado frente a ella. 

 -así que era cierto…Elora Balzac ha vuelto al pueblo-dijo estudiándola con sus profundos ojos verdes. Ella apartó el libro y lo miró con cara de pocos amigos, frunciendo el ceño- No me malinterpretes, pero eres el tema principal del día. 

 -Créeme, no era esa mi intención-contestó la aludida de manera cortante. 

 -Bueno…hace años que no vienes por aquí. Desde los quince según he oído. Es normal que sientan curiosidad por tu repentina visita. ¿Cuántos años han pasado, ocho?- 

 -Si - el siseo de la joven a penas fue eludible

 -Eres mas fría y cortante de lo que eran tus abuelos 

 -Y tu te estás entrometiendo demasiado… 

El joven se levantó, riendo 

 -Deberías dejar de leer libros que te sabes de memoria, hay más novelas a parte de 'Orgullo y Prejuicio' y no me refiero a 'Sentido y sensibilidad'- 

 -¿Y tú como sabes…- la pregunta de la chica fue ahogada por Carol. 

 -Dietrich, hazme el favor de llevarle este paquete al Sr. Florence- 

 -Si, madre-dijo el joven, alejándose Elora se quedó de piedra. Había estado hablando con su amigo de la infancia y no se había percatado. 

 * * * * 

-Vamos a ver si lo he entendido-Dietrich estaba sentado frente a Elora, en la terraza de un café-¿Has venido hasta aquí solamente porque el viejo tiovivo de tu abuelo se pone en marcha todas las noches a las cuatro de la mañana sin tocarlo siquiera? 

 -Exacto-Confirmó la chica. 

Había decidido contarle a Dietrich la razón de su regreso. Después de todo era su amigo y seguramente podría ayudarla, así que había quedado con él para desayunar. 

 -Bien…no se qué decirte… ¿No será que está roto?

 -Lo llevé a un anticuario y me dijo que estaba en óptimas condiciones 

 -¿y piensas que aquí encontrarás algo? 

 -No lo sé, pero creo que en la casa de mi abuelo hallaré una explicación lógica

 El moreno miró a la chica, con una sonrisa misteriosa. El viento removió el cabello castaño claro de la joven. 

 -¿Y si no hubiese explicación lógica? 

 -Imposible. Siempre la hay, Trich-contestó la joven 

 -Eres demasiado racional, Lora- 

 -Y tú demasiado fantasioso. Tienes veintidós años, deja de pensar en fantasmas

 -¿Te atreves a venir conmigo esta noche a esa casa?-retó Dietrich-¿O a caso tienes miedo de enfrentarte a tu pasado y a los fantasmas? 

 - De acuerdo, iremos. Y te demostraré que los fantasmas no existen

* * * *

 El silencio matinal reinaba en la habitación de Elora. En ese momento, una música infantil inundó el cuarto y un tiovivo comenzó a girar lentamente……